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23
Ene
16

“Los dos pescadores”, de Stefano Benni

La muerte fue a ver al viejo.

Iba ya casi a diario.

Se sentaba junto a él en la orilla y lo miraba pescar.

Cuando el viejo cogía un pez y lo devolvía al agua, la muerte sacudía la cabeza.

 

El viejo olfateaba el olor de las algas traídas a la orilla por las olas.

Decía, riendo:

-Están muertas, pero respirarlas sienta bien a los pulmones.

-Tú ríete, viejo –decía la muerte, y se reparaba del sol con un sombrero roto de paja.

El pescador observaba los colores del mar pincelados por el viento, una raya clara de calma chicha y allí abajo una raya índigo de mistral, y pensaba en las islas que había visitado.

La muerte pensaba en galeones hundidos, en los esqueletos que los habitaban, y en antiguas batallas.

cada uno distinto

El sedal vibraba sutilmente, casi invisible, suspendido entre dos mundos.

-Las olas son todas diferentes –decía el viejo.- Si prestas atención, cuando chocan con la orilla, no oirás nunca dos veces el mismo sonido. El mar es un gran músico. Incluso los peces son cada uno distinto al otro. Habrá siempre un reflejo, un bordado en la aleta, la miniatura de una escama que no habías visto antes.

-También los soldados parecen todos iguales –dijo la muerte con melancolía.- Hace falta haber visto morir a muchos para entender la diferencia.

Una nube cubrió el sol, y el viejo tuvo un escalofrío.

 

-Es hora de que vengas conmigo, viejo –dijo severamente la muerte.- Tienes tantos años, ya te cuesta ver el sedal, los peces se te escapan. Y, cuando los pillas, los dejas ir, porque piensas que se te parecen. ¿Por qué quieres vivir todavía? ¿Qué esperanza tienes?

-A lo mejor aún me pasa algo hermoso. ¿Me pasas un gusano?

La muerte clavó un gusano en el anzuelo, con maestría. Después dijo:

-¿Qué quieres que te pase? Te pasas los días entre el insomnio y la enfermedad, y no haces más que recordar. Ya vives sólo en el pasado.

-Puede que tengas razón –dijo el viejo.

El viento cambió y las barcas amarradas empezaron a girarse, como en una danza.

El viejo capturó un pececito argénteo con el cuello negro y lo devolvió al agua.

-¿Te he contado de aquella langosta que escapó de la cesta, y que andó hasta el mar? Corría como un gato, te lo juro.

-Me lo has contado al menos diez veces. ¿Y yo te he contado la que tuve con Rasputín?

-También, otras diez veces al menos. Hace ya tiempo que nos conocemos, muerte.

-Sí, mucho. De cuando murió tu perro.

-No, -dijo el viejo- no fue entonces. Fue tristísimo, tenía siete años. Pero pensé que Billy no había muerto, sólo que había hecho un salto demasiado largo. Era un gran saltador y había pegado un salto más allá del mundo. Durante mucho tiempo seguí jugando con él, le hablaba y él me seguía.  Tú todavía no estabas.

-No me acuerdo –dijo la muerte.

-Te acuerdas demasiado bien –dijo el viejo.- Te conocí el año siguiente, cuando vi en la cama a mi hermano, pálido y con la frente vendada. Entonces te me acercaste. Y desde entonces no he sido tan fiel a ningún otro pensamiento como al tuyo.

-Gracias –dijo la muerte con una inclinación.

-Y también tú me has sido fiel –dijo el viejo.- Vas por ahí por el mundo, pero sé que siempre te acuerdas de mí.

 

El mar ahora estaba calmo y transparente. El sedal era una flecha clavada en el mar, inmóvil y plateada. El silencio pareció demasiado incluso a la muerte.

-¿Crees que soy injusta, viejo?

-Injusta, inútil, cruel.

-¿Y entonces por qué hablas conmigo?

-¿Qué más quieres que haga?

-Podría no ser injusta, tal vez –dijo la muerte.- Pero si fuese justa, entonces también la vida tendría que cambiar, ¿no crees? Pensar en mí sería distinto, nada podría ser como antes. Nada de lo que hay permanecería. ¿Y eso no sería también una muerte?

-Hablas demasiado, muerte, y me espantas los peces.

-Ya. ¿Sabes? También para ellos la muerte es injusta.

-Sí, lo sé. Es un pensamiento que de vez en cuando no me deja dormir.

 

El viejo pareció de golpe inmensamente triste.

-¿Cuál es el momento más feliz que recuerdas, viejo?

-Oh, hay tantos –respondió el viejo.

-El primero que te venga a la cabeza.

-Hace muchos años, un día de verano como éste, mi hijo y yo fuimos a pescar. Él tenía ocho años. Camino de la playa, encontramos un campo de girasoles. Era infinito, subía una colina como una ola y después saltaba por encima y descendía, el mundo entero parecía de oro.

Entramos en el campo. Nadábamos en un mar deslizante, lleno de olores e insectos. A cada racha de viento, las flores se movían todas juntas, como hacen los bancos de peces, ninguno daba la orden, sabían dónde ir. Cada girasol era distinto del siguiente. Como las olas, o como los soldados. Mi hijo y yo estábamos cerca el uno del otro. Yo le protegía a él y él me protegía a mí. Subimos hasta la cima de la colina y divisamos un océano grande, sediento de sol. Después volvimos sobre nuestros pasos. Un amigo nos había visto. Por eso tengo una foto de ese día. La miro cada vez que estoy triste.

 

-Bonito recuerdo, –dijo la muerte- ¿pero qué tendrá que ver con la esperanza? Tu hijo ya es mayor. El campo de girasoles tal vez ni existe ya. Tu amigo está muerto. Y tú ya no sabes pescar, estás casi ciego, no distingues un besugo de un pargo.

-Y tú no distingues los soldados de los niños –dijo el viejo.

El sol estaba tramontando, las farolas del paseo marítimo se encendieron e iluminaron las copas de las palmeras. Allá lejos se vio el destello de un faro.

-Incluso las señales de los faros son todas diferentes –dijo el viejo- Ése de ahí, por ejemplo…

-No me cambies de tema –dijo la muerte, acariciándolo con la mano.- Entonces, ¿qué esperas de tu miserable futuro, viejo?

El viejo miró a lo lejos.

-Espero volver alguna vez, con mi hijo, a ese campo de girasoles –respondió.

-Pero eso no pasará, -dijo la norte con impaciencia- ¡morirás y no pasará!

-No te enfades –rió el viejo.- Yo moriré, es cierto. Pero no puedes convencerme de que no ocurrirá. No puedes nada contra esta esperanza. No tiene nada que ver con la fe ni con el miedo. Ni siquiera tú, aquí junto a mí sobre la Tierra, sabes qué va a pasar.

La muerte permaneció en silencio.

 

-Y fíjate, -continuó el viejo- incluso si yo decidiera morirme, si me quitara la vida, ni siquiera entonces me habrías quitado la esperanza. Volveré a ese campo, con mi hijo.

La muerte rió con amargura y tiró un canto al agua. La piedra se hundió sin hacer ruido. Después se puso en pie, y el viento le voló el sombrero de paja. Estaba llena de arrugas, se parecía al pescador.

-Nos vemos mañana, viejo cabezón. Esta noche tengo trabajo en la autopista.

-Ve despacio –dijo el viejo.

-Id despacio vosotros –dijo la muerte. Recuperó el sombrero, se lo caló en la cabeza y contempló el mar. Suspiró. Parecía que no tuviera ganas de irse.

-¿Y dónde cae este campo de girasoles? –preguntó

-Mañana te llevo –dijo el viejo.

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04
Ene
16

“Dirt”, de C.K Williams

old-soap

 

My grandmother is washing my mouth out with soap;

half a long century gone

and still she comes at me

with that thick cruel yellow bar.

All because of a word I said,

not even said really, only repeated.

But “Open,” she says, “open up!”

her hand clawing at my head.

I know now her life was hard;

she lost three children as babies,

then her husband died too,

leaving young sons, and no money.

She’d stand me in the sink to pee

because there was never room in the toilet.

But oh, her soap!

Might its bitter burning have been what made me a poet?

The street she lived on was unpaved,

her flat, two cramped rooms and a fetid kitchen

where she stalked and caught me.

Dare I admit that after she did it

I never really loved her again?

She lived to a hundred,

even then. All along it was the sadness, the squalor,

but I never, until now

loved her again.

 

11
Sep
15

“remember, body”, de Constantine P. Cavafy

Body, remember not only how much you were loved,
not only the beds on which you lay,
but also those desires which for you
plainly glowed in the eyes,
and trembled in the voice — and some
chance obstacle made them futile.
Now that all belongs to the past,
it is almost as if you had yielded
to those desires too — remember,
how they glowed, in the eyes looking at you;
how they trembled in the voice, for you, remember, body.

remember.b

Cos meu, recorda
no solament com t’han arribat a estimar,
no solament els llits on has jagut,
sinó també aquells desigs que per tu
lluïen dins els ulls obertament
i tremolaven dins la veu -i algun
fortuït entrebanc els va fer vans.
Ara que tot això ja són coses passades,
fa gairebé l’efecte que també als desigs
aquells vas ser donat -ah, com lluïen,
recorda, dins els ulls que se’t clavaven,
com tremolaven dins la veu, per tu, recorda, cos.

31
Mar
15

Del “Diario de un cazador”, Miguel Delibes

Salir al campo a las seis de la mañana en un día de agosto no puede compararse con nada. Huelen los pinos y parece que uno estuviera estrenando el mundo.

madrugada

13
Oct
14

“ver”, de tununa mercado (2/2)

En los primeros años se había resistido a la contemplación diaria. Esa reiteración del acto a una hora precisa condicionaba toda su jornada. Sólo esperaba llegar a su casa, instalarse y mirar. Convencido de que la imagen de la muchacha le había producido un daño irreparable, se obligaba a no verla creándose obligaciones justo a la hora en que la muchacha llegaba o, peór aún, reprimía su mirada sujetándola a un suplicio que podía ser, según la magnitud del deseo de ver que de él se apoderaba, la lecutra metódica de un libro, de ese tipo de lectura que reclama tomar notas o hacer fichas, lecturas-cárcel para dominar la vocación de ver a través de la ventana hacia la otra ventana.
No es que se hubiera entregado, de una vez y para siempre, a la ceremonia y al sortilegio de las tardes, y de una manera sumisa. Después del período de las prohibiciones, había terminado por darse cuenta de que ellas mismas eran una fuente de alimentación: si una tarde se había forzado a eludir la contemplación, la sola idea de que al día siguiente esa omisión iba a ser reparada tenía en él un efecto de acumulación, como si la espera del otro día lo cargara aún más de ganas de ver, como si la agudeza de su mirada, su capacidad de observar, su estado de atención y la vibración de sus sentidos llegaran, luego de la privación de la víspera, a su punto más alto.
Sobre la pura sábana ella se extiende con las piernas separadas, enseñando su sexo. La luz no es demasiado fuerte, pero permite ver con nitidez. Su cabeza está más abajo que el sexo, como si algún cojín hubiera levantado sus nargas hasta el ángulo exacto de mira del observador. El sexo en el centro de la escena, así expuesto, entre dos columnas, como un hogar encendido por la horda o como un nido de pájaros, o como una zarza de fuego, o como un sagrario, lo obliga casi a cerrar los ojos, enceguecido por una llamarada que momentáneamente se hubiera abstraído de la carne y del cuerpo, de la muchacha y hasta de la condición femenina. Sus ojos exactamente a la altura del sexo abierto y dispuesto tardan en reacomododarse a la realidad. Él deja aparecer, subrepticiamente, por su bragueta abierta, la cabeza de su pene. Palpa su estado de erección y verifica que tiene exa flexibilidad y textura óptimas, a mitad del crecimiento, a media expresión, estado indefinido, como la delicada sensación que comienza a invadirlo.
La sala está cada vez más a oscuras a medida que avanza la tarde y se acerca la noche. A la penumbra de su cuarto se corresponde la luminosidad del cuarto de enfrente. Ella levanta sus piernas, las cruza, las descruza. De pronto, él advierte que ha echado mano al teléfono y que, muy lejos de la conmoción que su sexo está produciendo en el centro de la escena, sobre la cama y entre las piernas, se reacomoda sobre un cojín, coloca otro más en su nuca, dejando aparecer, también entre las piernas abiertas, su cabeza y el par de pezones de su pecho. Ella habla por teléfono. Simplemente. Se ríe, con la mano derecha sostiene el tubo y, con la otra, empieza a tocarse las piernas, el vientre; gira hacia la derecha, gira hacia la izquierda; su sexo se pierde entre las piernas, pero aparece en cambio la comba de su culo. Sus manos han sido siempre sobadoras, pero no en vano, sino con una clara noción de lo que quieren obtener. Puede parecer una caricia distraída la que ahora imprime su dedo en la profunda hendidura de sus nalgas, puede pensarse que ese tamborileo es sólo una forma de rascarse, pero no, aun cuando ella siga hablando por teléfono, esos movimientos de mano no son gratuitos y, cada uno, le provoca un breve, intenso éxtasis. Cuando la exaltación es demasiado fuerte, tapa la bocina, seguramente para que no se oiga su respiración, cada vez más agitada.
Él sabe que esa llamada tampoco está separada de la escena. La voz, es de suponer, le está diciendo propósitos que se convienen perfectamente con la situación de desnudez y de soledad que muestra sus diferentes cantos y dispone sus figuras sobre una cama entre las siete y las ocho, en la calle Diez. La llamada se ha producido regularmente en todos estos años, desde que él observa y goza. Cuando falló, ella pareció desesperarse, pero no hizo nada para subsanar la falta. Ella no llamó y, para paliar la frustración, su acto fue más solipsista que nunca y la devoción por sí misma llegó a un paroxismo tal que a él terminó por serle insoportable, como si su puesto de mira y su acción de mirar hubieran estallado, sobrepasados por los acontecimientos.
Ella deja el teléfono. Se trata de pausas, de la necesidad perentoria que la atraviesa de usar sus dos manos. Abre nuevamente las piernas, recupera el auricular, dice algo, sonríe, ríe a carcajadas, y se coloca la bocina en el sexo, casi se podría pensar que se la introduce en la vagina, pero no, no es eso, es tal vez solamente la idea de hacer oír a su interlocutor el ruido de sus labios que se cierran y se abren, o para envaginar la voz de quien habla, o para acallarla entre la mata de pelo. Sus cabellos se han secado y son un resplandor en ese cuerpo que rueda en la disipación y que, si pudiera lamerse en su totalidad no estaría ahora lamiendo los bordes del tubo ni chupando pedazos de hielo, ni ensalivándose los dedos para acariciarse el sexo.
El pene ha pasado de la flexibilidad a la turgencia plena. Es como un arma que apunta directamente a las múltiples bocas de la muchacha. Su poder de fuego está concentrado y pugna por salir pero el ejercicio de la autocontención a que ha sido sometido durante años y cuyo objeto ha sido disciplinar el estallido amoroso sincronizándolo perfectametne con el estallido que, calle de por medio, va a producirse, lo mantiene en su erección, como un animal a punto de dar el salto. Ella parece gritar algo, aullar casi, su cuerpo se conmueve como si hubiera llegado a un sitio del que no pudiera retornar, y luego cae vencido. En ese momento, el pene, al otro lado de la calle, se derrama como una fuente, solo, sin que ninguna mano o estímulo le exija hacerlo: por pura y estricta fuerza de la contemplación. Serenamente, el observador cierra los ojos y, antes de colgar el tubo del teléfono, oye una respiración armónica, de alguien que acaba de dormirse, luego de apagar la luz.

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13
Oct
14

“Ver”, de Tununa Mercado (1/2)

Todas las tardes, entre las siete y las ocho de la noche y desde hace seis años, una muchacha llega a su departamento, en el Village de Nueva York. Desde el el último edificio de una casa de departamentos del siglo diecinueve, en la Diez entre la Sexta y la Quinta -justo en la vereda de enfrente de la casa donde viviera Mark Twain- se puede asistir perfectamente a esa llegada y a ese final de jornada. Desde allí es tan propicio el ángulo de mira que podría llegar a suponerse que una y otra ventana, la del mirador la de la muchacha, han sido encuadradas una frente a la otra ex profeso. La exhibición sucede tanto en invierno, en primavera como en otoño; nunca es la misma a pesar de que no cambien los elementos con que se constituye. El marco que rodea las ventanas varía: a veces el espectador mira desde una ventana cubierta de glicinas florecidas y la muchacha es observada con una marialuisa de rosetas blancas; otras, solamente unas ramas restorcidas y unas agujas de hielo enmarcan la luminosa limpidez del vidrio de una y otra ventana.
Para verla es mejor estar desde las siete; si el observador se retrasa y se instala después de que ella ha llegado, se pierde el sobresalto de su aparición en el vano de la puerta de su cuarto. Para mirarla con comodidad hay que apagar las luces un rato antes, situarse en el centro del espacio de observación, en este caso la sala de un departamento del siglo diecinueve. La penunmbra es la única condición para mirar, pero debe saberse que esa penumbra no debe ser interrumpida y que sólo se está en libertad de encender la luz y de reiniciar la vida ordinaria cuando ella se haya entregado al sueño.
Mirar a la muchacha es, pues, una decisión que hay que tomar por anticipado, aplicándose a ella como un trabajo. Si una tarde, por ejemplo, el observador decidiera ocupar el tiempo de la observación en cualquier otra cosa, sólo tendría que correr los visillos, encender normalmente la luz y, mediante un esfuerzo de concentración, prescindir de la escena que tiene lugar calle de por medio.

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Ella llega, se quita el sombrero, los guantes, los zapatos; se saca el suéter, la blusa. Sentada al borde de la cama, con el torso desnudo y con la falda puesta, trata de desprenderse infructuosamente el portaligas; finalmente decide quitarse la falda y, con la pericia de quien está acostumbrada a ese tipo de prenda, suelta las medias del portaligas y se las saca como si se quitara un velo. Nunca lleva calzones. Deja todo en desorden, prende un cigarrillo, sale de la habitación. Como de costumbre, no se instala definitivamente en el cuarto, sino que entra y sale cumpliendo diversos objetivos, como buscarse un vaso de algún alcohol, ir y venir en dos o tres momentos para verificar si la tina ya se llenó (esos trajines sólo pueden adivinarse, el ruido de la salida de agua no se puede oír, tampoco el tintinear del hielo contra las paredes del vaso, ni la música que escucha, que sólo puede suponerse por el ritmo con que ella la acompaña con sus caderas y sus hombros o por el compás que le marca la oscilación de sus pechos). Durante el tiempo que dura el baño, su desaparición de la escena crea una atmósfera de entracto, de suspensión de la acción que obliga a detenerse en los objetos y a reconocerlos: lámpara sobre una mesa de luz, cama pegada al muro blanco, cojines, una cómoda sobre la que ella suele depositar sus guantes, su sombrero o su bolsa al llegar de fuera. Salvo la ropa de cama, no hay en ese cuarto nada previsto para cubrirse, ni del frío, ni de las brisas o corrientes de aire, ni de las miradas; el cuadrado de vidrio de la ventana, con sus bordes nítidamente azules, es abierto o cerrado por razones de temperatura ambiente, pero nunca para protegerse de la luz del sol, ni de la noche, ni de ninguna otra circunstancia; incluso, muy pocas veces es abierto para ser aireado y no parece que la muchacha haya pensado nunca en ocupar su cabeza, su cuerpo o su recámara en tareas de índole doméstica.
Cuando regresa del baño ella viene ya desnuda y sólo con una toalla enrollada a su cabeza. En varios años ese cuerpo limpio que se muestra al mismo tiempo con desparpajo e inocencia no ha tenido muchas variaciones, y si alguna puede admitírsele es su belleza siempre en aumento, como si estuviera dotado de una misteriosa capacidad de ser cada vez más pleno, tanto por la armonía de sus contornos como por la seguridad de sus movimientos. La mata de pelo de su pubis se extiende casi hasta la mitad del vientre, espesa, y llama a la caricia. Ella se dedica a pasear sus dedos entre los bucles de su pubis, desafiando el sentido de su crecimiento, corrigiendo un remolino irredento o estirando en todo su largo los mechones, como quien juega con una cabellera.
La cama es el sitio de su cuerpo; podrá girar cien veces en redondo por el cuarto, mirarse en un espejo (ha de haberlo, en la pared, junto su ventana, la que no se ven pues ella toma actitudes que se corresponden con su imagen repetida en alguna parte y crea figuras con sus brazos y piernas que solamente tienen sentido si se reflejan en algo) en ese tránsito preparatorio, pero terminará por tenderse en la cama. Sus desplazamientos -generosos para el espectador- parecen ser una suerte de evaluación: de la situación de soledad, del llamado que va a abrir ese espacio íntimo hacia el exterior, del interludio que va a prolongarse unas horas hasta que el sueño venga, del estado de ensoñación que va a envolver los últimos momentos del encuentro consigo misma, del instrumental imaginario que podrá, esta vez -y siempre hay un “esta vez” entendido como estrategia de vida- prodigarle la máxima emoción.
En el departamento del último piso de enfrente el observador no ha tomado ninguna medida especial correlativa a la aparición de esa muchacha desnuda que se despoja del último elemento que la ataba a la civilización, el circunstancial turbante de toalla, que ahora deja en descubierto sus cabellos mojados y rojizos, en libertad, pegados a la frente, enrulándose apenas sobre las orejas y el cuello. Él está detenido en ese tiempo y en ese espacio a voluntad, como de ese pan no sólo porque es su alimento cotidiano, sino porque ese acto simple de ver a alguien que se deja mirar ha terminado por convertirse en una especie de operación que por sus extracciones y sus adiciones podría ser infinita, aunque su marco de contención se reduzca al cuadrado de una habitación con una ventana a la calle Diez.

31
Mar
14

“El fracaso de mi generación”, de Norman Birnaum

Los intelectuales estadounidenses y europeos de mi generación, nacidos entre 1925 y 1930, tuvieron unas carreras espléndidas, resonancia internacional, cierta influencia en la política. Nuestros homólogos de los Estados socialistas también fueron unos privilegiados. Podían viajar y eludir la pesada prosa oficial de los partidos gobernantes. Nuestro lenguaje común era un marxismo de la superestructura, de ideologías, cultura y política. Prestábamos atención a la deformación del carácter por la industrialización de la sensibilidad, el dominio de la rutina. Nuestros contemporáneos del bloque soviético describían la tiranía profana de sus Estados policiales de manera indirecta, previendo que la explotación y la ineficacia serían sustituidas por el desarrollo de los talentos productivos de la ciudadanía socialista.

En Occidente no necesitábamos circunloquios. Eran pocos los que nos consideraban peligrosos. Algunos que querían expiar sus propios pasados nos pintaban como revolucionarios afligidos. Cuando, para nuestra sorpresa y la de nuestros antagonistas, los que defendían el statu quo occidental como utopía hecha realidad, estallaron las revueltas de los años sesenta, nuestros lectores y estudiantes se reían de nosotros y decían que éramos esclavos involuntarios del orden existente. Nos sorprendió mucho la negación de nuestra triste profecía, el hecho de que la obediencia comprada y la diversión hedonística (panem et circenses) habían vuelto muy improbables la discordancia moral y la disidencia política.

Aspirábamos a una ciudadanía capaz de gobernarse a sí misma, incluso en la economía. Una fuerza laboral cada vez más educada se reconocería en nuestros textos. Queríamos acelerar el ritmo de la historia prestando nuestro talento a los partidos socialdemócratas y cristianos. Al fin y al cabo, nos considerábamos los representantes de sus electorados en la educación, la administración, las profesiones liberales y la ciencia. Creíamos que, con su apoyo, acabaríamos desempeñando un papel en el gobierno de la sociedad. Contábamos con la atención de banqueros y empresarios, políticos y editores, incluso sindicalistas que en otros temas eran escépticos. En Estados Unidos (EE UU) nos enviaban a oficiales del Ejército a estudiar con nosotros (los conservadores llegaron a quejarse de que Harvard y Princeton habían ablandado a toda una generación de generales).

Creíamos que al final desempeñaríamos un papel en el gobierno de la sociedad

Estábamos equivocados. Los electores, en general, querían justicia, un mínimo de respeto y una parte respetable de la renta nacional. Pero su entusiasmo por el deporte y las vacaciones era mucho más acentuado que su interés por ayudar a tomar decisiones en la economía. En ocasiones se manifestaban o hacían huelgas, no por una nueva sociedad, sino para obtener más recompensas en esta. Nuestra crítica metahistórica de la existencia contemporánea no les conmovía. Las clases dirigentes que nos trataban con tanta benevolencia pensaban que estaban haciendo gala de la magnanimidad de los poderosos. No sentían que estuvieran compartiendo ese poder con nosotros.

Dos grandes acontecimientos demostraron que habíamos hecho mal al interpretar una mejoría temporal de nuestra suerte como una gran transformación histórica. El primero fue el renacimiento del capitalismo descontrolado. El segundo fue el fracaso de la Tercera Vía. A la disminución de la parte de la renta nacional que iba a parar a manos de los trabajadores y la deconstrucción del Estado de bienestar sucedió la crisis que se suponía que el nuevo capitalismo había hecho imposible. Los demócratas estadounidenses y un gran sector de la socialdemocracia europea se convirtieron a la idea de los beneficios como principal instrumento de crecimiento económico y de inmediato experimentaron la depresión y la destrucción social. El hecho de que los economistas que estaban en primera fila cuando surgió el desastre (Greenspan, los economistas de Chicago como Lucas, que negaban la posibilidad de que la intervención del Gobierno pudiera servir de algo) hayan pronunciado pocas o ninguna disculpa es comprensible. Lo que proponíamos era un mosaico de marxismo y socialdemocracia, keynesianismo y teoría de la elección pública. No tenemos explicaciones generales de por qué quedamos desbancados ni tampoco una alternativa.

En EE UU y Europa, los ciudadanos quieren empleo, ingresos y seguridad. Desde la guerra han votado siempre por los partidos que les daban esas cosas, y nunca pidieron democracia económica. La política actual es un remedo del consumismo. La participación electoral ha disminuido a medida que se ha intensificado la crisis. Los debates teóricos sobre intereses, representación e ideología se han convertido en algo remoto, como de especialistas en lenguas clásicas discutiendo sobre papiros. Nuestra hipótesis, que las ciudadanías occidentales eran irreversiblemente democráticas, estaba equivocada.

También nos equivocamos sobre la amenaza que suponían para las economías de Occidente los bajos salarios en Asia. El fracaso soviético nos hizo pensar que las economías dirigidas no podían funcionar. La alianza china de capitalismo y partido único nos sorprendió. Sabíamos que había otras culturas longevas y extraordinarias, pero ignoramos que había varios caminos hacia el desarrollo económico. La secularización de nuestras sociedades dejó hueco para las religiones privatizadas o sustitutas y a brotes reaccionarios de nacionalismo.

Los electores querían justicia, un mínimo de respeto y una parte de la renta nacional

El debate occidental sobre los países islámicos combina una gran ignorancia histórica con nuestros prejuicios. Los recuerdos esquemáticos de la Reforma y el Renacimiento, la revolución científica y las revoluciones democráticas no son útiles. El presidente de Egipto, un ingeniero educado en EE UU, volvió a su país con muy mala impresión de nuestra cultura. Gandhi, al preguntarle por la civilización de Occidente, respondió que sería una idea muy buena.

Estábamos convencidos de que era inevitable la desintegración del etnocentrismo y el absolutismo religioso, pero nuestro propio proyecto de modernización estaba incompleto. Creímos demasiado en la durabilidad de la síntesis de posguerra, que estaba en deuda con la repugnancia ante los horrores del fascismo, los costes de la guerra y las privaciones de la Gran Depresión. Después de 1989 llegaron los conflictos de los Balcanes, los sucesivos desastres en África (Ruanda, Nigeria, la dictadura militar en Argelia), las guerras de Irak. Los atentados llevados a cabo por los fanáticos musulmanes procedentes de Arabia Saudí (un Estado supuestamente amigo) obtuvieron lo que pretendían: EE UU está en guerra con el islam y ha arrastrado a ella a Europa. EE UU y Europa discuten sobre sus respectivos modelos sociales, pero ni nuestros ciudadanos ni el resto del mundo están satisfechos con ninguno de los dos.

Nos hemos convertido en técnicos de reparaciones que corren cuando se rompen los diques para tapar las fugas. No se ve por ningún lado que se produzca una alianza del conocimiento técnico y científico con las nuevas instituciones para resolver la crisis ambiental. Nos burlábamos de los Verdes cuando eran más jóvenes, y decíamos que eran aparecidos de la época franciscana; pero, en la historia de la Iglesia, San Francisco permaneció mientras el edificio de la Iglesia de venía abajo.

Quizás esperábamos demasiado de los seres humanos en un periodo en el que unos cambios desconcertantes estaban destruyendo certidumbres y aumentando los miedos. Dos mil quinientos años después de los griegos y el doble desde las escrituras que inspiraron el Antiguo y el Nuevo Testamento, Buda y los textos hindúes, pensamos que los hombres y las mujeres podían renunciar a mitos fatalistas y parecerse a los dioses. Acaba de pasar Yom Kippur, la fiesta judía de la expiación. No hace falta ser judío para saber que hay mucho que expiar, que la reconstrucción social quizá exija nuevos yos dentro de cada uno. Nos equivocamos al pensar que el espacio público que necesitábamos ya se había construido o se materializaría cuando lo necesitáramos. Para aunar el respeto a la dignidad humana y la sensibilidad ante la fragilidad humana es necesario tener una disciplina ascética y cierta forma de inspiración, como componentes morales del análisis histórico. Los intelectuales de mi generación no dimos suficiente importancia a ese aspecto; tal vez no fuimos peores que el resto de nuestros contemporáneos, pero tampoco mejores ni más profundos.




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