Archive Page 2

26
Ene
16

“Cómo ganar un combate inútil”, de “Epílogo”, de Gonzalo Suárez

shadowboxing

-¿Le has puesto mucho ajo?
-Apesta.
-¿Estás segura?

-Te voy a contar un cuento.
-Cuenta.
-Se titula
“Cómo ganar un combate inútil”
¿Qué te parece?
-Bien, cuenta.

-El arte es un largo combate perdido de antemano con las sombras. Eso es cosa sabida.
-Uff, ¡cómo pica!
-Porque el boxeador combatía con su sombra,
era un artista.

Hacía mucho tiempo que había iniciado aquel combate.
Y aunque su contrincante
se arrastraba viscoso por el suelo,
se adaptaba sinuoso a las esquinas… Escribe:
sinuoso a las esquinas y recodos,
se agigantaba displicente hasta los techos,
se deslizaba furtivo por las paredes…
el boxeador todavía no había doblado el espinazo.

Y sucedió
que un día la sombra un día desapareció,
lo cual era en verdad insólito.
Y justificaba desde luego
que me llamaran a mí
para que desentrañara el enigma.

Fui.
En seguida me di cuenta…
-De que olía endemoniadamente a ajo.
-De que todo estaba a oscuras.
Nunca hubiera podido sospechar
que la explicación era tan sencilla.
¡Encendí la luz!
-Pues apágala.
-Y entonces pude comprobar que la sombra del boxeador no estaba allí,
ni camuflada tras el punching
ni agazapada bajo el saco
ni siquiera ahorcada en la copa.

Al encontrar al boxeador tumbado panzarriba,
deduje que el combate había terminado.
Y puesto que había caído sobre su sombra
¡le alcé el brazo en señal de victoria!

Anuncios
23
Ene
16

“Los dos pescadores”, de Stefano Benni

La muerte fue a ver al viejo.

Iba ya casi a diario.

Se sentaba junto a él en la orilla y lo miraba pescar.

Cuando el viejo cogía un pez y lo devolvía al agua, la muerte sacudía la cabeza.

 

El viejo olfateaba el olor de las algas traídas a la orilla por las olas.

Decía, riendo:

-Están muertas, pero respirarlas sienta bien a los pulmones.

-Tú ríete, viejo –decía la muerte, y se reparaba del sol con un sombrero roto de paja.

El pescador observaba los colores del mar pincelados por el viento, una raya clara de calma chicha y allí abajo una raya índigo de mistral, y pensaba en las islas que había visitado.

La muerte pensaba en galeones hundidos, en los esqueletos que los habitaban, y en antiguas batallas.

cada uno distinto

El sedal vibraba sutilmente, casi invisible, suspendido entre dos mundos.

-Las olas son todas diferentes –decía el viejo.- Si prestas atención, cuando chocan con la orilla, no oirás nunca dos veces el mismo sonido. El mar es un gran músico. Incluso los peces son cada uno distinto al otro. Habrá siempre un reflejo, un bordado en la aleta, la miniatura de una escama que no habías visto antes.

-También los soldados parecen todos iguales –dijo la muerte con melancolía.- Hace falta haber visto morir a muchos para entender la diferencia.

Una nube cubrió el sol, y el viejo tuvo un escalofrío.

 

-Es hora de que vengas conmigo, viejo –dijo severamente la muerte.- Tienes tantos años, ya te cuesta ver el sedal, los peces se te escapan. Y, cuando los pillas, los dejas ir, porque piensas que se te parecen. ¿Por qué quieres vivir todavía? ¿Qué esperanza tienes?

-A lo mejor aún me pasa algo hermoso. ¿Me pasas un gusano?

La muerte clavó un gusano en el anzuelo, con maestría. Después dijo:

-¿Qué quieres que te pase? Te pasas los días entre el insomnio y la enfermedad, y no haces más que recordar. Ya vives sólo en el pasado.

-Puede que tengas razón –dijo el viejo.

El viento cambió y las barcas amarradas empezaron a girarse, como en una danza.

El viejo capturó un pececito argénteo con el cuello negro y lo devolvió al agua.

-¿Te he contado de aquella langosta que escapó de la cesta, y que andó hasta el mar? Corría como un gato, te lo juro.

-Me lo has contado al menos diez veces. ¿Y yo te he contado la que tuve con Rasputín?

-También, otras diez veces al menos. Hace ya tiempo que nos conocemos, muerte.

-Sí, mucho. De cuando murió tu perro.

-No, -dijo el viejo- no fue entonces. Fue tristísimo, tenía siete años. Pero pensé que Billy no había muerto, sólo que había hecho un salto demasiado largo. Era un gran saltador y había pegado un salto más allá del mundo. Durante mucho tiempo seguí jugando con él, le hablaba y él me seguía.  Tú todavía no estabas.

-No me acuerdo –dijo la muerte.

-Te acuerdas demasiado bien –dijo el viejo.- Te conocí el año siguiente, cuando vi en la cama a mi hermano, pálido y con la frente vendada. Entonces te me acercaste. Y desde entonces no he sido tan fiel a ningún otro pensamiento como al tuyo.

-Gracias –dijo la muerte con una inclinación.

-Y también tú me has sido fiel –dijo el viejo.- Vas por ahí por el mundo, pero sé que siempre te acuerdas de mí.

 

El mar ahora estaba calmo y transparente. El sedal era una flecha clavada en el mar, inmóvil y plateada. El silencio pareció demasiado incluso a la muerte.

-¿Crees que soy injusta, viejo?

-Injusta, inútil, cruel.

-¿Y entonces por qué hablas conmigo?

-¿Qué más quieres que haga?

-Podría no ser injusta, tal vez –dijo la muerte.- Pero si fuese justa, entonces también la vida tendría que cambiar, ¿no crees? Pensar en mí sería distinto, nada podría ser como antes. Nada de lo que hay permanecería. ¿Y eso no sería también una muerte?

-Hablas demasiado, muerte, y me espantas los peces.

-Ya. ¿Sabes? También para ellos la muerte es injusta.

-Sí, lo sé. Es un pensamiento que de vez en cuando no me deja dormir.

 

El viejo pareció de golpe inmensamente triste.

-¿Cuál es el momento más feliz que recuerdas, viejo?

-Oh, hay tantos –respondió el viejo.

-El primero que te venga a la cabeza.

-Hace muchos años, un día de verano como éste, mi hijo y yo fuimos a pescar. Él tenía ocho años. Camino de la playa, encontramos un campo de girasoles. Era infinito, subía una colina como una ola y después saltaba por encima y descendía, el mundo entero parecía de oro.

Entramos en el campo. Nadábamos en un mar deslizante, lleno de olores e insectos. A cada racha de viento, las flores se movían todas juntas, como hacen los bancos de peces, ninguno daba la orden, sabían dónde ir. Cada girasol era distinto del siguiente. Como las olas, o como los soldados. Mi hijo y yo estábamos cerca el uno del otro. Yo le protegía a él y él me protegía a mí. Subimos hasta la cima de la colina y divisamos un océano grande, sediento de sol. Después volvimos sobre nuestros pasos. Un amigo nos había visto. Por eso tengo una foto de ese día. La miro cada vez que estoy triste.

 

-Bonito recuerdo, –dijo la muerte- ¿pero qué tendrá que ver con la esperanza? Tu hijo ya es mayor. El campo de girasoles tal vez ni existe ya. Tu amigo está muerto. Y tú ya no sabes pescar, estás casi ciego, no distingues un besugo de un pargo.

-Y tú no distingues los soldados de los niños –dijo el viejo.

El sol estaba tramontando, las farolas del paseo marítimo se encendieron e iluminaron las copas de las palmeras. Allá lejos se vio el destello de un faro.

-Incluso las señales de los faros son todas diferentes –dijo el viejo- Ése de ahí, por ejemplo…

-No me cambies de tema –dijo la muerte, acariciándolo con la mano.- Entonces, ¿qué esperas de tu miserable futuro, viejo?

El viejo miró a lo lejos.

-Espero volver alguna vez, con mi hijo, a ese campo de girasoles –respondió.

-Pero eso no pasará, -dijo la norte con impaciencia- ¡morirás y no pasará!

-No te enfades –rió el viejo.- Yo moriré, es cierto. Pero no puedes convencerme de que no ocurrirá. No puedes nada contra esta esperanza. No tiene nada que ver con la fe ni con el miedo. Ni siquiera tú, aquí junto a mí sobre la Tierra, sabes qué va a pasar.

La muerte permaneció en silencio.

 

-Y fíjate, -continuó el viejo- incluso si yo decidiera morirme, si me quitara la vida, ni siquiera entonces me habrías quitado la esperanza. Volveré a ese campo, con mi hijo.

La muerte rió con amargura y tiró un canto al agua. La piedra se hundió sin hacer ruido. Después se puso en pie, y el viento le voló el sombrero de paja. Estaba llena de arrugas, se parecía al pescador.

-Nos vemos mañana, viejo cabezón. Esta noche tengo trabajo en la autopista.

-Ve despacio –dijo el viejo.

-Id despacio vosotros –dijo la muerte. Recuperó el sombrero, se lo caló en la cabeza y contempló el mar. Suspiró. Parecía que no tuviera ganas de irse.

-¿Y dónde cae este campo de girasoles? –preguntó

-Mañana te llevo –dijo el viejo.

04
Ene
16

“Dirt”, de C.K Williams

old-soap

 

My grandmother is washing my mouth out with soap;

half a long century gone

and still she comes at me

with that thick cruel yellow bar.

All because of a word I said,

not even said really, only repeated.

But “Open,” she says, “open up!”

her hand clawing at my head.

I know now her life was hard;

she lost three children as babies,

then her husband died too,

leaving young sons, and no money.

She’d stand me in the sink to pee

because there was never room in the toilet.

But oh, her soap!

Might its bitter burning have been what made me a poet?

The street she lived on was unpaved,

her flat, two cramped rooms and a fetid kitchen

where she stalked and caught me.

Dare I admit that after she did it

I never really loved her again?

She lived to a hundred,

even then. All along it was the sadness, the squalor,

but I never, until now

loved her again.

 

11
Sep
15

“remember, body”, de Constantine P. Cavafy

Body, remember not only how much you were loved,
not only the beds on which you lay,
but also those desires which for you
plainly glowed in the eyes,
and trembled in the voice — and some
chance obstacle made them futile.
Now that all belongs to the past,
it is almost as if you had yielded
to those desires too — remember,
how they glowed, in the eyes looking at you;
how they trembled in the voice, for you, remember, body.

remember.b

Cos meu, recorda
no solament com t’han arribat a estimar,
no solament els llits on has jagut,
sinó també aquells desigs que per tu
lluïen dins els ulls obertament
i tremolaven dins la veu -i algun
fortuït entrebanc els va fer vans.
Ara que tot això ja són coses passades,
fa gairebé l’efecte que també als desigs
aquells vas ser donat -ah, com lluïen,
recorda, dins els ulls que se’t clavaven,
com tremolaven dins la veu, per tu, recorda, cos.

31
Mar
15

Del “Diario de un cazador”, Miguel Delibes

Salir al campo a las seis de la mañana en un día de agosto no puede compararse con nada. Huelen los pinos y parece que uno estuviera estrenando el mundo.

madrugada

13
Oct
14

“ver”, de tununa mercado (2/2)

En los primeros años se había resistido a la contemplación diaria. Esa reiteración del acto a una hora precisa condicionaba toda su jornada. Sólo esperaba llegar a su casa, instalarse y mirar. Convencido de que la imagen de la muchacha le había producido un daño irreparable, se obligaba a no verla creándose obligaciones justo a la hora en que la muchacha llegaba o, peór aún, reprimía su mirada sujetándola a un suplicio que podía ser, según la magnitud del deseo de ver que de él se apoderaba, la lecutra metódica de un libro, de ese tipo de lectura que reclama tomar notas o hacer fichas, lecturas-cárcel para dominar la vocación de ver a través de la ventana hacia la otra ventana.
No es que se hubiera entregado, de una vez y para siempre, a la ceremonia y al sortilegio de las tardes, y de una manera sumisa. Después del período de las prohibiciones, había terminado por darse cuenta de que ellas mismas eran una fuente de alimentación: si una tarde se había forzado a eludir la contemplación, la sola idea de que al día siguiente esa omisión iba a ser reparada tenía en él un efecto de acumulación, como si la espera del otro día lo cargara aún más de ganas de ver, como si la agudeza de su mirada, su capacidad de observar, su estado de atención y la vibración de sus sentidos llegaran, luego de la privación de la víspera, a su punto más alto.
Sobre la pura sábana ella se extiende con las piernas separadas, enseñando su sexo. La luz no es demasiado fuerte, pero permite ver con nitidez. Su cabeza está más abajo que el sexo, como si algún cojín hubiera levantado sus nargas hasta el ángulo exacto de mira del observador. El sexo en el centro de la escena, así expuesto, entre dos columnas, como un hogar encendido por la horda o como un nido de pájaros, o como una zarza de fuego, o como un sagrario, lo obliga casi a cerrar los ojos, enceguecido por una llamarada que momentáneamente se hubiera abstraído de la carne y del cuerpo, de la muchacha y hasta de la condición femenina. Sus ojos exactamente a la altura del sexo abierto y dispuesto tardan en reacomododarse a la realidad. Él deja aparecer, subrepticiamente, por su bragueta abierta, la cabeza de su pene. Palpa su estado de erección y verifica que tiene exa flexibilidad y textura óptimas, a mitad del crecimiento, a media expresión, estado indefinido, como la delicada sensación que comienza a invadirlo.
La sala está cada vez más a oscuras a medida que avanza la tarde y se acerca la noche. A la penumbra de su cuarto se corresponde la luminosidad del cuarto de enfrente. Ella levanta sus piernas, las cruza, las descruza. De pronto, él advierte que ha echado mano al teléfono y que, muy lejos de la conmoción que su sexo está produciendo en el centro de la escena, sobre la cama y entre las piernas, se reacomoda sobre un cojín, coloca otro más en su nuca, dejando aparecer, también entre las piernas abiertas, su cabeza y el par de pezones de su pecho. Ella habla por teléfono. Simplemente. Se ríe, con la mano derecha sostiene el tubo y, con la otra, empieza a tocarse las piernas, el vientre; gira hacia la derecha, gira hacia la izquierda; su sexo se pierde entre las piernas, pero aparece en cambio la comba de su culo. Sus manos han sido siempre sobadoras, pero no en vano, sino con una clara noción de lo que quieren obtener. Puede parecer una caricia distraída la que ahora imprime su dedo en la profunda hendidura de sus nalgas, puede pensarse que ese tamborileo es sólo una forma de rascarse, pero no, aun cuando ella siga hablando por teléfono, esos movimientos de mano no son gratuitos y, cada uno, le provoca un breve, intenso éxtasis. Cuando la exaltación es demasiado fuerte, tapa la bocina, seguramente para que no se oiga su respiración, cada vez más agitada.
Él sabe que esa llamada tampoco está separada de la escena. La voz, es de suponer, le está diciendo propósitos que se convienen perfectamente con la situación de desnudez y de soledad que muestra sus diferentes cantos y dispone sus figuras sobre una cama entre las siete y las ocho, en la calle Diez. La llamada se ha producido regularmente en todos estos años, desde que él observa y goza. Cuando falló, ella pareció desesperarse, pero no hizo nada para subsanar la falta. Ella no llamó y, para paliar la frustración, su acto fue más solipsista que nunca y la devoción por sí misma llegó a un paroxismo tal que a él terminó por serle insoportable, como si su puesto de mira y su acción de mirar hubieran estallado, sobrepasados por los acontecimientos.
Ella deja el teléfono. Se trata de pausas, de la necesidad perentoria que la atraviesa de usar sus dos manos. Abre nuevamente las piernas, recupera el auricular, dice algo, sonríe, ríe a carcajadas, y se coloca la bocina en el sexo, casi se podría pensar que se la introduce en la vagina, pero no, no es eso, es tal vez solamente la idea de hacer oír a su interlocutor el ruido de sus labios que se cierran y se abren, o para envaginar la voz de quien habla, o para acallarla entre la mata de pelo. Sus cabellos se han secado y son un resplandor en ese cuerpo que rueda en la disipación y que, si pudiera lamerse en su totalidad no estaría ahora lamiendo los bordes del tubo ni chupando pedazos de hielo, ni ensalivándose los dedos para acariciarse el sexo.
El pene ha pasado de la flexibilidad a la turgencia plena. Es como un arma que apunta directamente a las múltiples bocas de la muchacha. Su poder de fuego está concentrado y pugna por salir pero el ejercicio de la autocontención a que ha sido sometido durante años y cuyo objeto ha sido disciplinar el estallido amoroso sincronizándolo perfectametne con el estallido que, calle de por medio, va a producirse, lo mantiene en su erección, como un animal a punto de dar el salto. Ella parece gritar algo, aullar casi, su cuerpo se conmueve como si hubiera llegado a un sitio del que no pudiera retornar, y luego cae vencido. En ese momento, el pene, al otro lado de la calle, se derrama como una fuente, solo, sin que ninguna mano o estímulo le exija hacerlo: por pura y estricta fuerza de la contemplación. Serenamente, el observador cierra los ojos y, antes de colgar el tubo del teléfono, oye una respiración armónica, de alguien que acaba de dormirse, luego de apagar la luz.

img_3248a

13
Oct
14

“Ver”, de Tununa Mercado (1/2)

Todas las tardes, entre las siete y las ocho de la noche y desde hace seis años, una muchacha llega a su departamento, en el Village de Nueva York. Desde el el último edificio de una casa de departamentos del siglo diecinueve, en la Diez entre la Sexta y la Quinta -justo en la vereda de enfrente de la casa donde viviera Mark Twain- se puede asistir perfectamente a esa llegada y a ese final de jornada. Desde allí es tan propicio el ángulo de mira que podría llegar a suponerse que una y otra ventana, la del mirador la de la muchacha, han sido encuadradas una frente a la otra ex profeso. La exhibición sucede tanto en invierno, en primavera como en otoño; nunca es la misma a pesar de que no cambien los elementos con que se constituye. El marco que rodea las ventanas varía: a veces el espectador mira desde una ventana cubierta de glicinas florecidas y la muchacha es observada con una marialuisa de rosetas blancas; otras, solamente unas ramas restorcidas y unas agujas de hielo enmarcan la luminosa limpidez del vidrio de una y otra ventana.
Para verla es mejor estar desde las siete; si el observador se retrasa y se instala después de que ella ha llegado, se pierde el sobresalto de su aparición en el vano de la puerta de su cuarto. Para mirarla con comodidad hay que apagar las luces un rato antes, situarse en el centro del espacio de observación, en este caso la sala de un departamento del siglo diecinueve. La penunmbra es la única condición para mirar, pero debe saberse que esa penumbra no debe ser interrumpida y que sólo se está en libertad de encender la luz y de reiniciar la vida ordinaria cuando ella se haya entregado al sueño.
Mirar a la muchacha es, pues, una decisión que hay que tomar por anticipado, aplicándose a ella como un trabajo. Si una tarde, por ejemplo, el observador decidiera ocupar el tiempo de la observación en cualquier otra cosa, sólo tendría que correr los visillos, encender normalmente la luz y, mediante un esfuerzo de concentración, prescindir de la escena que tiene lugar calle de por medio.

nightwindows
Ella llega, se quita el sombrero, los guantes, los zapatos; se saca el suéter, la blusa. Sentada al borde de la cama, con el torso desnudo y con la falda puesta, trata de desprenderse infructuosamente el portaligas; finalmente decide quitarse la falda y, con la pericia de quien está acostumbrada a ese tipo de prenda, suelta las medias del portaligas y se las saca como si se quitara un velo. Nunca lleva calzones. Deja todo en desorden, prende un cigarrillo, sale de la habitación. Como de costumbre, no se instala definitivamente en el cuarto, sino que entra y sale cumpliendo diversos objetivos, como buscarse un vaso de algún alcohol, ir y venir en dos o tres momentos para verificar si la tina ya se llenó (esos trajines sólo pueden adivinarse, el ruido de la salida de agua no se puede oír, tampoco el tintinear del hielo contra las paredes del vaso, ni la música que escucha, que sólo puede suponerse por el ritmo con que ella la acompaña con sus caderas y sus hombros o por el compás que le marca la oscilación de sus pechos). Durante el tiempo que dura el baño, su desaparición de la escena crea una atmósfera de entracto, de suspensión de la acción que obliga a detenerse en los objetos y a reconocerlos: lámpara sobre una mesa de luz, cama pegada al muro blanco, cojines, una cómoda sobre la que ella suele depositar sus guantes, su sombrero o su bolsa al llegar de fuera. Salvo la ropa de cama, no hay en ese cuarto nada previsto para cubrirse, ni del frío, ni de las brisas o corrientes de aire, ni de las miradas; el cuadrado de vidrio de la ventana, con sus bordes nítidamente azules, es abierto o cerrado por razones de temperatura ambiente, pero nunca para protegerse de la luz del sol, ni de la noche, ni de ninguna otra circunstancia; incluso, muy pocas veces es abierto para ser aireado y no parece que la muchacha haya pensado nunca en ocupar su cabeza, su cuerpo o su recámara en tareas de índole doméstica.
Cuando regresa del baño ella viene ya desnuda y sólo con una toalla enrollada a su cabeza. En varios años ese cuerpo limpio que se muestra al mismo tiempo con desparpajo e inocencia no ha tenido muchas variaciones, y si alguna puede admitírsele es su belleza siempre en aumento, como si estuviera dotado de una misteriosa capacidad de ser cada vez más pleno, tanto por la armonía de sus contornos como por la seguridad de sus movimientos. La mata de pelo de su pubis se extiende casi hasta la mitad del vientre, espesa, y llama a la caricia. Ella se dedica a pasear sus dedos entre los bucles de su pubis, desafiando el sentido de su crecimiento, corrigiendo un remolino irredento o estirando en todo su largo los mechones, como quien juega con una cabellera.
La cama es el sitio de su cuerpo; podrá girar cien veces en redondo por el cuarto, mirarse en un espejo (ha de haberlo, en la pared, junto su ventana, la que no se ven pues ella toma actitudes que se corresponden con su imagen repetida en alguna parte y crea figuras con sus brazos y piernas que solamente tienen sentido si se reflejan en algo) en ese tránsito preparatorio, pero terminará por tenderse en la cama. Sus desplazamientos -generosos para el espectador- parecen ser una suerte de evaluación: de la situación de soledad, del llamado que va a abrir ese espacio íntimo hacia el exterior, del interludio que va a prolongarse unas horas hasta que el sueño venga, del estado de ensoñación que va a envolver los últimos momentos del encuentro consigo misma, del instrumental imaginario que podrá, esta vez -y siempre hay un “esta vez” entendido como estrategia de vida- prodigarle la máxima emoción.
En el departamento del último piso de enfrente el observador no ha tomado ninguna medida especial correlativa a la aparición de esa muchacha desnuda que se despoja del último elemento que la ataba a la civilización, el circunstancial turbante de toalla, que ahora deja en descubierto sus cabellos mojados y rojizos, en libertad, pegados a la frente, enrulándose apenas sobre las orejas y el cuello. Él está detenido en ese tiempo y en ese espacio a voluntad, como de ese pan no sólo porque es su alimento cotidiano, sino porque ese acto simple de ver a alguien que se deja mirar ha terminado por convertirse en una especie de operación que por sus extracciones y sus adiciones podría ser infinita, aunque su marco de contención se reduzca al cuadrado de una habitación con una ventana a la calle Diez.




Archivos

noviembre 2017
L M X J V S D
« Jul    
 12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930