Archive for the 'Uncategorized' Category

15
May
16

“4 Polis”, de Charles Bukowski

 

Perros vigilan los muros
mientras el submarino se va rápidamente
a pique.

Estoy en una cafetería
con 32 caras de cartón
la mayoría inexpresivas.
4 polis de aspecto impecable
están sentados a una mesa
mirándome,
supongo que yo
no tengo tan buena pinta
a sus ojos,
¿por qué no
enviamos a esos muchachos a morir
en alguna guerra?
Sus madres no habrían
llorado más
de diez minutos.

Policeman-coffee

24
Abr
16

“Men at forty”, de Donald Justice

Men at forty
learn to close softly
the doors to rooms they will not be
coming back to.

At rest on a stair landing,
they feel it
moving beneath them now like the deck of a ship,
though the swell is gentle.

And deep in mirrors
they rediscover
the face of the boy as he practices trying
his father’s tie there in secret

And the face of that father,
still warm with the mystery of lather.
They are more fathers than sons themselves now.
Something is filling them, something

that is like the twilight sound
of the crickets, immense,
filling the woods at the foot of the slope
behind their mortgaged houses.

closed door

25
Mar
16

“Adelante y atrás” o “Avanti e indietro”

La cima estaba vacía, con su nieve eterna y las nubes a sus pies. El tiempo era sereno y el viento era el mínimo que podría esperarse en aquella altitud. El piolet rompió la imagen solitaria y un sherpa asomó abriendo el camino y asegurando las cuerdas. Volvió a descender y reapareció transportando materiales varios que fijó al suelo antes de marcharse de nuevo. Asomó entonces, veinte minutos más tarde, el grupo de intrépidos empresarios, heroicos, exultantes. Se felicitaron mutuamente, meditaron unos minutos con la mirada perdida en el infinito, se hicieron la foto de rigor, mientras el sherpa, aburrido, preparaba por tercera vez las cuerdas para un inmediato descenso.

Group portrait of expedition to climb Everest in 1924

La cima era vuota, con la sua neve eterna e le nuvole ai suoi piedi. Il tempo era sereno e il vento era il minimo che si potrebbe aspettare a quella quota. Il piolet dirompe nell’imagine solitaria e un sherpa si affacciò aprendo la strada e assicurando le corde. Tornò a scendere per riapparire trasportando materiali varii che fissó al suolo prima di andar via ancora. Arrivò allora, venti minuti dopo, il gruppo di intrepidi imprenditori, eroici, esultanti. Si congratularono tra di loro, meditarono alcuni minuti con lo sguardo perso nell’infinito, si fecero la foto di rigore, mentre il sherpa, annoiato, preparava per terza volta le corde per una immediata discesa.

05
Mar
16

“La balada de la masturbadora solitaria”, de Anne Sexton

The end of the affair is always death.
She’s my workshop. Slippery eye,
out of the tribe of myself my breath
finds you gone. I horrify
those who stand by. I am fed.
At night, alone, I marry the bed.

Finger to finger, now she’s mine.
She’s not too far. She’s my encounter.
I beat her like a bell. I recline
in the bower where you used to mount her.
You borrowed me on the flowered spread.
At night, alone, I marry the bed.

Take for instance this night, my love,
that every single couple puts together
with a joint overturning, beneath, above,
the abundant two on sponge and feather,
kneeling and pushing, head to head.
At night alone, I marry the bed.

I break out of my body this way,
an annoying miracle. Could I
put the dream market on display?
I am spread out. I crucify.
My little plum is what you said.
At night, alone, I marry the bed.

Then my black-eyed rival came.
The lady of water, rising on the beach,
a piano at her fingertips, shame
on her lips and a flute’s speech.
And I was the knock-kneed broom instead.
At night alone I marry the bed.

She took you the way a woman takes
a bargain dress off the rack
and I broke the way a stone breaks.
I give back your books and fishing tack.
Today’s paper says that you are wed.
At night, alone, I marry the bed.

The boys and girls are one tonight.
They unbutton blouses. They unzip flies.
They take off shoes. They turn off the light.
The glimmering creatures are full of lies.
They are eating each other. They are overfed.
At night, alone, I marry the bed.

cama2

El final del affair siempre es la muerte.
Ella es mi taller. Ojo resbaladizo,
fuera de la tribu de mí misma mi aliento
te echa en falta. Espanto
a los que están delante. Estoy saciada.
De noche, sola, me caso con la cama.

Dedo a dedo, ahora es mía.
No está tan lejos. Es mi encuentro.
La taño como a una campana. Me detengo
en el pabellón donde solías montarla.
Me hiciste tuya sobre el edredón floreado.
De noche, sola, me caso con la cama.

Toma, por ejemplo, esta noche, amor mío,
en la que cada pareja mezcla
con un revolcón conjunto, debajo, arriba,
el abundante par espuma y pluma,
hincándose y empujando, cabeza contra cabeza.
De noche, sola, me caso con la cama.

De esta forma escapo de mi cuerpo,
un milagro molesto, ¿Podría poner
en exibición el mercado de los sueños?
Me despliego. Crucifico.
Mi pequeña ciruela, la llamabas.
De noche, sola, me caso con la cama.

Entonces llegó mi rival de ojos oscuros.
La dama acuática, irguiéndos en la playa,
un piano en la yema de sus dedos, vergüenza
en los labios y una voz de flauta.
Entretanto, yo pasé a ser la escoba usada.
De noche, sola, me caso con la cama.

Ella te agarró como una mujer agarra
un vestido de saldo de un estante
y yo me rompí como se rompen las piedras.
Te devuelvo tus libros y tu caña de pescar.
El periódico de hoy dice que os habéis casado.
De noche, sola, me caso con la cama.

Muchachos y muchachas son uno esta noche.
Se desabotonan blusas. Se bajan cremalleras.
Se quitan zapatos. Apagan la luz.
Las alimañas resplandecientes están llenas de mentiras.
Se comen mutuamente. Están ahítas.
De noche, sola, me caso con la cama.

01
Feb
16

“Folding chair”, de Donald Hall

Jane’s last public outing
was our cousin Curtis’s
funeral, dead at three days
in his mother’s arms.
I carried a folding chair
and Jane held on tight
as we crept over ice
through the year’s coldest
wind to the baby’s hole.
Jane sat shaking, in tears,
pale and swaddled under down
and wool. Our neighbors
and cousins nodded, smiled,
and looked away. They knew
who would gather them next.

winter-monet

La última vez que Jane se mostró en público
fue en el funeral de nuestro primo
Curtis, muerto con tres días
en los brazos de su madre.
Yo llevaba una silla plegable
y Jane se agarraba firmemente
mientras cruzábamos por el hielo
con el viento más frío del año
hasta la tumba del niño.
Jane se sentó tiritando, con lágrimas,
pálida y envuelta en abatimiento
y lana. Nuestros vecinos
y nuestros primos saludaron con la cabeza,
sonreían y desviaban la mirada. Bien sabían
quién los iba a reunir allí la próxima vez.

26
Ene
16

“Cómo ganar un combate inútil”, de “Epílogo”, de Gonzalo Suárez

shadowboxing

-¿Le has puesto mucho ajo?
-Apesta.
-¿Estás segura?

-Te voy a contar un cuento.
-Cuenta.
-Se titula
“Cómo ganar un combate inútil”
¿Qué te parece?
-Bien, cuenta.

-El arte es un largo combate perdido de antemano con las sombras. Eso es cosa sabida.
-Uff, ¡cómo pica!
-Porque el boxeador combatía con su sombra,
era un artista.

Hacía mucho tiempo que había iniciado aquel combate.
Y aunque su contrincante
se arrastraba viscoso por el suelo,
se adaptaba sinuoso a las esquinas… Escribe:
sinuoso a las esquinas y recodos,
se agigantaba displicente hasta los techos,
se deslizaba furtivo por las paredes…
el boxeador todavía no había doblado el espinazo.

Y sucedió
que un día la sombra un día desapareció,
lo cual era en verdad insólito.
Y justificaba desde luego
que me llamaran a mí
para que desentrañara el enigma.

Fui.
En seguida me di cuenta…
-De que olía endemoniadamente a ajo.
-De que todo estaba a oscuras.
Nunca hubiera podido sospechar
que la explicación era tan sencilla.
¡Encendí la luz!
-Pues apágala.
-Y entonces pude comprobar que la sombra del boxeador no estaba allí,
ni camuflada tras el punching
ni agazapada bajo el saco
ni siquiera ahorcada en la copa.

Al encontrar al boxeador tumbado panzarriba,
deduje que el combate había terminado.
Y puesto que había caído sobre su sombra
¡le alcé el brazo en señal de victoria!

23
Ene
16

“Los dos pescadores”, de Stefano Benni

La muerte fue a ver al viejo.

Iba ya casi a diario.

Se sentaba junto a él en la orilla y lo miraba pescar.

Cuando el viejo cogía un pez y lo devolvía al agua, la muerte sacudía la cabeza.

 

El viejo olfateaba el olor de las algas traídas a la orilla por las olas.

Decía, riendo:

-Están muertas, pero respirarlas sienta bien a los pulmones.

-Tú ríete, viejo –decía la muerte, y se reparaba del sol con un sombrero roto de paja.

El pescador observaba los colores del mar pincelados por el viento, una raya clara de calma chicha y allí abajo una raya índigo de mistral, y pensaba en las islas que había visitado.

La muerte pensaba en galeones hundidos, en los esqueletos que los habitaban, y en antiguas batallas.

cada uno distinto

El sedal vibraba sutilmente, casi invisible, suspendido entre dos mundos.

-Las olas son todas diferentes –decía el viejo.- Si prestas atención, cuando chocan con la orilla, no oirás nunca dos veces el mismo sonido. El mar es un gran músico. Incluso los peces son cada uno distinto al otro. Habrá siempre un reflejo, un bordado en la aleta, la miniatura de una escama que no habías visto antes.

-También los soldados parecen todos iguales –dijo la muerte con melancolía.- Hace falta haber visto morir a muchos para entender la diferencia.

Una nube cubrió el sol, y el viejo tuvo un escalofrío.

 

-Es hora de que vengas conmigo, viejo –dijo severamente la muerte.- Tienes tantos años, ya te cuesta ver el sedal, los peces se te escapan. Y, cuando los pillas, los dejas ir, porque piensas que se te parecen. ¿Por qué quieres vivir todavía? ¿Qué esperanza tienes?

-A lo mejor aún me pasa algo hermoso. ¿Me pasas un gusano?

La muerte clavó un gusano en el anzuelo, con maestría. Después dijo:

-¿Qué quieres que te pase? Te pasas los días entre el insomnio y la enfermedad, y no haces más que recordar. Ya vives sólo en el pasado.

-Puede que tengas razón –dijo el viejo.

El viento cambió y las barcas amarradas empezaron a girarse, como en una danza.

El viejo capturó un pececito argénteo con el cuello negro y lo devolvió al agua.

-¿Te he contado de aquella langosta que escapó de la cesta, y que andó hasta el mar? Corría como un gato, te lo juro.

-Me lo has contado al menos diez veces. ¿Y yo te he contado la que tuve con Rasputín?

-También, otras diez veces al menos. Hace ya tiempo que nos conocemos, muerte.

-Sí, mucho. De cuando murió tu perro.

-No, -dijo el viejo- no fue entonces. Fue tristísimo, tenía siete años. Pero pensé que Billy no había muerto, sólo que había hecho un salto demasiado largo. Era un gran saltador y había pegado un salto más allá del mundo. Durante mucho tiempo seguí jugando con él, le hablaba y él me seguía.  Tú todavía no estabas.

-No me acuerdo –dijo la muerte.

-Te acuerdas demasiado bien –dijo el viejo.- Te conocí el año siguiente, cuando vi en la cama a mi hermano, pálido y con la frente vendada. Entonces te me acercaste. Y desde entonces no he sido tan fiel a ningún otro pensamiento como al tuyo.

-Gracias –dijo la muerte con una inclinación.

-Y también tú me has sido fiel –dijo el viejo.- Vas por ahí por el mundo, pero sé que siempre te acuerdas de mí.

 

El mar ahora estaba calmo y transparente. El sedal era una flecha clavada en el mar, inmóvil y plateada. El silencio pareció demasiado incluso a la muerte.

-¿Crees que soy injusta, viejo?

-Injusta, inútil, cruel.

-¿Y entonces por qué hablas conmigo?

-¿Qué más quieres que haga?

-Podría no ser injusta, tal vez –dijo la muerte.- Pero si fuese justa, entonces también la vida tendría que cambiar, ¿no crees? Pensar en mí sería distinto, nada podría ser como antes. Nada de lo que hay permanecería. ¿Y eso no sería también una muerte?

-Hablas demasiado, muerte, y me espantas los peces.

-Ya. ¿Sabes? También para ellos la muerte es injusta.

-Sí, lo sé. Es un pensamiento que de vez en cuando no me deja dormir.

 

El viejo pareció de golpe inmensamente triste.

-¿Cuál es el momento más feliz que recuerdas, viejo?

-Oh, hay tantos –respondió el viejo.

-El primero que te venga a la cabeza.

-Hace muchos años, un día de verano como éste, mi hijo y yo fuimos a pescar. Él tenía ocho años. Camino de la playa, encontramos un campo de girasoles. Era infinito, subía una colina como una ola y después saltaba por encima y descendía, el mundo entero parecía de oro.

Entramos en el campo. Nadábamos en un mar deslizante, lleno de olores e insectos. A cada racha de viento, las flores se movían todas juntas, como hacen los bancos de peces, ninguno daba la orden, sabían dónde ir. Cada girasol era distinto del siguiente. Como las olas, o como los soldados. Mi hijo y yo estábamos cerca el uno del otro. Yo le protegía a él y él me protegía a mí. Subimos hasta la cima de la colina y divisamos un océano grande, sediento de sol. Después volvimos sobre nuestros pasos. Un amigo nos había visto. Por eso tengo una foto de ese día. La miro cada vez que estoy triste.

 

-Bonito recuerdo, –dijo la muerte- ¿pero qué tendrá que ver con la esperanza? Tu hijo ya es mayor. El campo de girasoles tal vez ni existe ya. Tu amigo está muerto. Y tú ya no sabes pescar, estás casi ciego, no distingues un besugo de un pargo.

-Y tú no distingues los soldados de los niños –dijo el viejo.

El sol estaba tramontando, las farolas del paseo marítimo se encendieron e iluminaron las copas de las palmeras. Allá lejos se vio el destello de un faro.

-Incluso las señales de los faros son todas diferentes –dijo el viejo- Ése de ahí, por ejemplo…

-No me cambies de tema –dijo la muerte, acariciándolo con la mano.- Entonces, ¿qué esperas de tu miserable futuro, viejo?

El viejo miró a lo lejos.

-Espero volver alguna vez, con mi hijo, a ese campo de girasoles –respondió.

-Pero eso no pasará, -dijo la norte con impaciencia- ¡morirás y no pasará!

-No te enfades –rió el viejo.- Yo moriré, es cierto. Pero no puedes convencerme de que no ocurrirá. No puedes nada contra esta esperanza. No tiene nada que ver con la fe ni con el miedo. Ni siquiera tú, aquí junto a mí sobre la Tierra, sabes qué va a pasar.

La muerte permaneció en silencio.

 

-Y fíjate, -continuó el viejo- incluso si yo decidiera morirme, si me quitara la vida, ni siquiera entonces me habrías quitado la esperanza. Volveré a ese campo, con mi hijo.

La muerte rió con amargura y tiró un canto al agua. La piedra se hundió sin hacer ruido. Después se puso en pie, y el viento le voló el sombrero de paja. Estaba llena de arrugas, se parecía al pescador.

-Nos vemos mañana, viejo cabezón. Esta noche tengo trabajo en la autopista.

-Ve despacio –dijo el viejo.

-Id despacio vosotros –dijo la muerte. Recuperó el sombrero, se lo caló en la cabeza y contempló el mar. Suspiró. Parecía que no tuviera ganas de irse.

-¿Y dónde cae este campo de girasoles? –preguntó

-Mañana te llevo –dijo el viejo.




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