23
Ene
16

“Los dos pescadores”, de Stefano Benni

La muerte fue a ver al viejo.

Iba ya casi a diario.

Se sentaba junto a él en la orilla y lo miraba pescar.

Cuando el viejo cogía un pez y lo devolvía al agua, la muerte sacudía la cabeza.

 

El viejo olfateaba el olor de las algas traídas a la orilla por las olas.

Decía, riendo:

-Están muertas, pero respirarlas sienta bien a los pulmones.

-Tú ríete, viejo –decía la muerte, y se reparaba del sol con un sombrero roto de paja.

El pescador observaba los colores del mar pincelados por el viento, una raya clara de calma chicha y allí abajo una raya índigo de mistral, y pensaba en las islas que había visitado.

La muerte pensaba en galeones hundidos, en los esqueletos que los habitaban, y en antiguas batallas.

cada uno distinto

El sedal vibraba sutilmente, casi invisible, suspendido entre dos mundos.

-Las olas son todas diferentes –decía el viejo.- Si prestas atención, cuando chocan con la orilla, no oirás nunca dos veces el mismo sonido. El mar es un gran músico. Incluso los peces son cada uno distinto al otro. Habrá siempre un reflejo, un bordado en la aleta, la miniatura de una escama que no habías visto antes.

-También los soldados parecen todos iguales –dijo la muerte con melancolía.- Hace falta haber visto morir a muchos para entender la diferencia.

Una nube cubrió el sol, y el viejo tuvo un escalofrío.

 

-Es hora de que vengas conmigo, viejo –dijo severamente la muerte.- Tienes tantos años, ya te cuesta ver el sedal, los peces se te escapan. Y, cuando los pillas, los dejas ir, porque piensas que se te parecen. ¿Por qué quieres vivir todavía? ¿Qué esperanza tienes?

-A lo mejor aún me pasa algo hermoso. ¿Me pasas un gusano?

La muerte clavó un gusano en el anzuelo, con maestría. Después dijo:

-¿Qué quieres que te pase? Te pasas los días entre el insomnio y la enfermedad, y no haces más que recordar. Ya vives sólo en el pasado.

-Puede que tengas razón –dijo el viejo.

El viento cambió y las barcas amarradas empezaron a girarse, como en una danza.

El viejo capturó un pececito argénteo con el cuello negro y lo devolvió al agua.

-¿Te he contado de aquella langosta que escapó de la cesta, y que andó hasta el mar? Corría como un gato, te lo juro.

-Me lo has contado al menos diez veces. ¿Y yo te he contado la que tuve con Rasputín?

-También, otras diez veces al menos. Hace ya tiempo que nos conocemos, muerte.

-Sí, mucho. De cuando murió tu perro.

-No, -dijo el viejo- no fue entonces. Fue tristísimo, tenía siete años. Pero pensé que Billy no había muerto, sólo que había hecho un salto demasiado largo. Era un gran saltador y había pegado un salto más allá del mundo. Durante mucho tiempo seguí jugando con él, le hablaba y él me seguía.  Tú todavía no estabas.

-No me acuerdo –dijo la muerte.

-Te acuerdas demasiado bien –dijo el viejo.- Te conocí el año siguiente, cuando vi en la cama a mi hermano, pálido y con la frente vendada. Entonces te me acercaste. Y desde entonces no he sido tan fiel a ningún otro pensamiento como al tuyo.

-Gracias –dijo la muerte con una inclinación.

-Y también tú me has sido fiel –dijo el viejo.- Vas por ahí por el mundo, pero sé que siempre te acuerdas de mí.

 

El mar ahora estaba calmo y transparente. El sedal era una flecha clavada en el mar, inmóvil y plateada. El silencio pareció demasiado incluso a la muerte.

-¿Crees que soy injusta, viejo?

-Injusta, inútil, cruel.

-¿Y entonces por qué hablas conmigo?

-¿Qué más quieres que haga?

-Podría no ser injusta, tal vez –dijo la muerte.- Pero si fuese justa, entonces también la vida tendría que cambiar, ¿no crees? Pensar en mí sería distinto, nada podría ser como antes. Nada de lo que hay permanecería. ¿Y eso no sería también una muerte?

-Hablas demasiado, muerte, y me espantas los peces.

-Ya. ¿Sabes? También para ellos la muerte es injusta.

-Sí, lo sé. Es un pensamiento que de vez en cuando no me deja dormir.

 

El viejo pareció de golpe inmensamente triste.

-¿Cuál es el momento más feliz que recuerdas, viejo?

-Oh, hay tantos –respondió el viejo.

-El primero que te venga a la cabeza.

-Hace muchos años, un día de verano como éste, mi hijo y yo fuimos a pescar. Él tenía ocho años. Camino de la playa, encontramos un campo de girasoles. Era infinito, subía una colina como una ola y después saltaba por encima y descendía, el mundo entero parecía de oro.

Entramos en el campo. Nadábamos en un mar deslizante, lleno de olores e insectos. A cada racha de viento, las flores se movían todas juntas, como hacen los bancos de peces, ninguno daba la orden, sabían dónde ir. Cada girasol era distinto del siguiente. Como las olas, o como los soldados. Mi hijo y yo estábamos cerca el uno del otro. Yo le protegía a él y él me protegía a mí. Subimos hasta la cima de la colina y divisamos un océano grande, sediento de sol. Después volvimos sobre nuestros pasos. Un amigo nos había visto. Por eso tengo una foto de ese día. La miro cada vez que estoy triste.

 

-Bonito recuerdo, –dijo la muerte- ¿pero qué tendrá que ver con la esperanza? Tu hijo ya es mayor. El campo de girasoles tal vez ni existe ya. Tu amigo está muerto. Y tú ya no sabes pescar, estás casi ciego, no distingues un besugo de un pargo.

-Y tú no distingues los soldados de los niños –dijo el viejo.

El sol estaba tramontando, las farolas del paseo marítimo se encendieron e iluminaron las copas de las palmeras. Allá lejos se vio el destello de un faro.

-Incluso las señales de los faros son todas diferentes –dijo el viejo- Ése de ahí, por ejemplo…

-No me cambies de tema –dijo la muerte, acariciándolo con la mano.- Entonces, ¿qué esperas de tu miserable futuro, viejo?

El viejo miró a lo lejos.

-Espero volver alguna vez, con mi hijo, a ese campo de girasoles –respondió.

-Pero eso no pasará, -dijo la norte con impaciencia- ¡morirás y no pasará!

-No te enfades –rió el viejo.- Yo moriré, es cierto. Pero no puedes convencerme de que no ocurrirá. No puedes nada contra esta esperanza. No tiene nada que ver con la fe ni con el miedo. Ni siquiera tú, aquí junto a mí sobre la Tierra, sabes qué va a pasar.

La muerte permaneció en silencio.

 

-Y fíjate, -continuó el viejo- incluso si yo decidiera morirme, si me quitara la vida, ni siquiera entonces me habrías quitado la esperanza. Volveré a ese campo, con mi hijo.

La muerte rió con amargura y tiró un canto al agua. La piedra se hundió sin hacer ruido. Después se puso en pie, y el viento le voló el sombrero de paja. Estaba llena de arrugas, se parecía al pescador.

-Nos vemos mañana, viejo cabezón. Esta noche tengo trabajo en la autopista.

-Ve despacio –dijo el viejo.

-Id despacio vosotros –dijo la muerte. Recuperó el sombrero, se lo caló en la cabeza y contempló el mar. Suspiró. Parecía que no tuviera ganas de irse.

-¿Y dónde cae este campo de girasoles? –preguntó

-Mañana te llevo –dijo el viejo.

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