20
Oct
11

Diálogo sobre la pena capital, de Umberto Eco.

Eco: Te noto turbado, ¡oh, Renzo Tramaglino! ¿Qué es lo que inquieta tu ahora tan tranquila existencia, en la paz de las leyes y el orden? ¿Quizás es Lucía,, que, empujada por los nuevos caprichos llamados «feministas», te niega los placeres de¡ tálamo asumiendo su propio derecho a la no procreación? ¿O Inés que, estampando besitos demasiado intensos en las mejillas de tus retoños socava indebidamente su inconsciente volviéndoles blandos y mother oriented? ¿O el Azzeccagarbugli que te habla de convergencias paralelas embotando tu capacidad de intervenir en la cosa pública? ¿O don Rodrigo que, imponiendo el cúmulo de los réditos, te obliga a pagar tributos superiores a los del Innominado, que exporta dineros al bergamasco?

RENZO: Me turba, ¡oh, cortés visitante!, el Griso. Ahora organiza bandas de malhechores no muy diferentes a él y, con la ayuda de tramposos deshonestos, rapta de nuevo muchachas, pero para obtener pingües rescates y, en habiéndoles, las asesina bárbaramente. Y, donde los hombres de bien reúnen su fortuna, aparece él con el rostro cubierto con una media, y rapiña y saquea y toma otros rehenes y aterroriza la ciudad, hoy teatro de insensatos crímenes, mientras los ciudadanos temblamos y los esbirros, impotentes, no logran contener esta riada de delitos, y los buenos, los honestos se preguntan afligidos dónde iremos a parar.

Y yo, que soy apacible y jovial, yo que me había adherido a las tesis de un grande de estas tierras, el Beccaria, quien había demostrado para siempre que el Estado no podía enseñar a no matar a través del asesinato legal, yo, me siento turbado. Y me pregunto si no debiera restaurarse para tan odiosos delitos la pena de muerte, en defensa del ciudadano indefenso y como advertencia a todos quienes intentaran hacerle daño.

Eco: Te comprendo, Renzo. Es humano que, ante vicisitudes tan atroces, que hurtan jovencísimas hijas a bienamados progenitores, surja el pensar en la venganza y en la defensa a ultranza. También yo que soy padre me pregunto qué haría si, con mi hijo asesinado por desconocidos raptores, pudiera dar con los culpables antes que los esbirros.

RENZO: ¿Y qué harías, vamos?

Eco:En el primer momento creo que querría matarlos.Pero frenaría mi impulso, considerando mucho más afectivo para apaciguar mi exasperado dolor una larga tortura. Los llevaría a un lugar seguro y una vez allí empezaría por trabajarles los testículos. Después las uñas, por inserción de trozos de bambú, como se dice que hacen los crueles pueblos orientales. Luego les arrancaría las orejas, y los atormentaría en la cabeza con cables eléctricos pelados. Y, después de este baño de horror y de sangre, sentiría que mi dolor, si no calmado, se habría saciado de crueldad, y me abandonaría entonces a mi destino, sabiendo que mi mente jamás podría ya recobrar la paz y el equilibrio de antes.

RENZO: Veamos, entonces…

Eco: Sí, pero en seguida me entregaría a la guardia, para que me encadenasen y me castigasen ejemplarmente. Porque, con todo, siempre habría cometido un delito al haber quitado la vida a un hombre, cosa que no debe hacerse. Parecería una justificación el hecho de que entre el dolor de un padre cegado y la insanía hay muy poca diferencia y pediría parcial indulgencia. Pero jamás podría pedir al Estado que me sustituyese, incluso porque el Estado no tiene pasiones que satisfacer, y sólo debe prevalecer el hecho de que quitar una vida es en cualquier caso un mal. Por tanto, el Estado no puede segar una vida para señalar, justamente, que es delito quitar la vida.

RENZO: Conozco estos argumentos. El retorno a la pena de muerte lo piden ciertos ambiguos individuos que querrían el orden corno terror, para poder reinstaurar los tiempos del atropello y del acuso. Pero hace unos días he leído en una de las más importantes gacetas del país un extenso y pacato artículo de un severo filósofo en el que éste, después de haber sopesado las cuestiones en causa, se preguntaba con sutil preterición si no sería lícito, frente a delitos tan graves, restaurar, con la autoridad del Estado, el derecho a repartir generosamente penas supremas para tranquilizar al ciudadano. De hecho, la pena de muerte tiene al menos un valor disuasorio o infunde temor a otros malvados, mientras que las cárceles actuales, lugar de amenas reeducaciones y de fáciles evasiones, no logran detener la mano homicida de nadie.

Eco: He escuchado estos razonamientos, que parecen convencer a todos. pero quizá tú no conozcas a otro filósofo que nos ha enseñado mucho a todos y también a los filósofos que piden el retorno de la pena capital. Se trata de un tal Kant, que señaló que los hombres debían ser usados siempre como fines y no como medios…

RENZO: ¡Sublime prescripción!

Eco: Efectivamente. Si yo mato a Cayo como advertencia a Tizio, ¿no uso acaso a Cayo como medio para advertir a Tizio, para defender a los demás de las posibles intenciones de Tizio? Y si es lícito que use a Cayo como mensaje a Tizio, ¿por qué no sería lícito usar a Samuel para fabricar jabón para Adolf?

RENZO: Pero hay una diferencia. Cayo ha cometido un delito y es justo que sea castigado con igual pena, no por venganza, sino por ecuánime justicia. Samuel es inocente. No así Cayo.

Eco: Pero, ¿entonces ya no piensas que Cayo debe ser ejecutado para atemorizar a Tizio, sino simplemente que hay que hacer padecer a Cayo todo cuanto él ha hecho padecer?

RENZO: Ambas cosas juntas. Estoy autorizado a usar a Cayo como medio porque, al hacerse indigno de ser considerado un fin en sí mismo, su muerte sirve para evitar otras, y todos sabemos que se padece aquello que se hace padecer. El Estado es garantía para los ciudadanos, a través de la severa balanza de la ley. Y, si para garantizar seguridad parece útil la abstracta, rigurosa y sublime ley del talión, bienvenida sea, porque contiene principios de antigua sabiduría. El talión del Estado no es venganza, sino geometría.

Eco: No desdeño, oh Renzo, la antigua sabiduría. Mas dime: dado que tienes tal severa y sobrehumana visión de la ley, y admites que la muerte con que castiga el Estado no es asesinato, sino distribución ecuánime, si el Estado, por sorteo o rotación, te eligiese a ti para administrar la muerte a quien ha matado, ¿aceptarías?

RENZO: No podría decir que no. Y mi conciencia estaría tranquila. Cualquiera que se declara partidario de la pena capital debe mostrarse dispuesto a conminarla, si se lo manda la comunidad.

Eco: Ahora dime, ¿no hay otros delitos tan odiosos y terribles como el homicidio? ¿Qué dirías de quien, en vez de asesinar a tu hijo pequeño, cometiera en él, con inhumana violencia, actos de sodomía, volviéndotelo loco para toda la vida?

RENZO: Sería un delito parecido, si no peor.

Eco: Y si el principio del talión del Estado fuese válido, ¿no debería, con las aprobaciones de la ley, someterse, y violentamente, sodomía sobre su persona?

RENZO: Ahora que me lo señalas, pienso que sí, ciertamente.

Eco: Y si el Estado, por rotación o sorteo, te pidiera que le administraras violencia sodomítica, ¿te encargarías de tal tarea?

RENZO:¡Oh, no! ¡De ningún modo, no soy un maníaco sexual!

Eco: ¿Es que, por el contrario, eres un maníaco homicida?

RENZO: No me confundas. Lo que digo es que este segundo gesto me produciría repulsión y disgusto.

Eco: ¿Quizás el primero te proporcionaría placer y sádica alegría?

RENZO: No me hagas decir lo que no he dicho. Matando no me causo a mí mismo daño alguno, mientras que ocupándome en una acción que me repugna sólo sacaré fastidio y dolor. El Estado no puede pretender que, para castigar a un malvado, sufra yo mal alguno.

Eco: Esto me dice que tú no quieres ser usado como medio.

RENZO: ¡Oh, no!

Eco.- Sin embargo usarías un hombre vivo dándole muerte, como medio de atemorizar a otros hombres.

RENZO: Sí, pero aquél, al haber cometido el daño, es menos hombre que los demás… ¿O, no?

Eco: No. Y me inquieta el hecho de que quienes están dispuestos a considerar a este hombre menos hombre, se muestren en cambio implacables contra las prácticas abortivas, alegando que un ser humano es siempre un ser humano, aun cuando sea todavía la propuesta de un feto. ¿No están en contradicción?

RENZO: Me confundes las ideas. ¿Y la legítima defensa?

Eco: Ésta considera a dos hombres, uno de los cuales pretende reducir al otro a simple medio mientras el segundo debe evitar este atropello. Si es posible sin matar al otro, aunque si fuese necesario impidiendo al otro hacer el mal. Y, en este caso, entre el derecho del inocente y el derecho del culpable, prevalece el primero. Pero el Estado que ajusticia al culpable no le impide con eso cometer el acto y simplemente, repito, lo usa como puro medio. Y, una vez se usa un hombre como medio admitiendo que existen hombres menos hombres que otros, se anula la esencia misma del contrato con que se rige el Estado. Y, en realidad, la cuestión del aborto no contempla la pregunta de si es lícito matar a un hombre, sino antes bien si un feto es un hombre y si, propuesta informe en la profundidad del útero, está ya bajo las leyes del contrato social o sólo es propiedad del seno materno. Pero un homicida, inserto en el contrato social, es un hombre a todos los efectos. Y si se le considera menos hombre que a otro, mañana se podría considerar menos hombres a quienes se atreven a defender la pena de muerte y podría proponerse su muerte para disuadir a los demás de sostener tan insanos pensamientos.

RENZO: Pero entonces, ¿qué es lo que debería hacer?

Eco: Pregúntate si don Rodrigo, en su palacio, no controla la banda de tramposos, pasando doblones al bergamasco e incitando al Griso a recaudar dinero mediante homicidios.

RENZO: Pero, ¿y suponiendo que lo descubriera?

Eco: Comprenderías que el Griso en el patíbulo no garantiza la vida de tus hijos. ¿Por qué no aterrorizar directamente a don Rodrigo?

RENZO: ¿Y qué es lo que podría aterrorizarle?

Eco: El tiranicidio. Pero éste es ya otro discurso.

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