01
Abr
10

“Nochevieja del 97 en Benimaclet, la freidora alemana y el último trago del lobo López”, 2/2

Fuimos a ver a la hermana de Torrat y sus amigas, que celebraban su fiesta tres casas más arriba. En seguida me di cuenta de que eran chicas muy jovencitas. No reconocía a ninguna, hasta que varias exclamaron:

-¡Es el hermano de Leticia! ¡Es el hermano de Leticia!

Por una vez, me reconocían a mí antes que a mi hermano mayor. Entonces me fijé mejor y sí, distinguí a alguna de las antiguas amigas de mi hermana. Para ser concretos, reconocía algunas caras; los cuerpos eran totalmente nuevos para mí.

Te das tiempo de que el tiempo pasa cuando vez que las niñas que jugaban a la comba con tu hermana pequeña se maquillan y tienen tetas y culos. Al contrario que nosotros, habían tenido el buen tino de haber comprado vodka de marca. Estuve a punto de cogerles una botella.

Luego nos fuimos varias veces a la Farola. En la primera, Rober nos dijo que bajo ningún concepto lo dejáramos solo con una tía que iba detrás de él. A los quince minutos lo dejamos solo.

Salió poco después, gritándonos, jurando que no iba a volver a entrar en la Farola en su perra vida. Pobre chica, me parece que lo lleva crudo con mi hermano.

De todas formas, Rober no tardó mucho en romper su juramento. Volvió a entrar varias veces aquella misma noche. Es lo que tiene no tener palabra.

En parte forzado por nosotros, por Jessica, por Olivia, por Carlos, por mí. Jessica dominaba la fiesta. Preparaba chupitos para todos, especialmente unos muy suaves, de frenadol, y se sabía varios juegos, con uvas, con un chupachups de fresa en forma de pintalabios, con boas, con dientes y, conforme avanzaba la noche, con lenguas. Era agradable, yo apenas conocía a las chicas; era una buena forma de conocerse.

En casa de Jessica, nos atrincheramos en la cocina. El problema era que allí estaba la bebida. Intentaron entrar varias veces. Cuando salimos, se habían largado todos.

Las huéspedes de Alcoi decidieron que se iban a acostar: realmente no hicieron mucho por integrarse. Y eso que nosotros tratamos de que se sintieran cómodas. Incluso les lamimos sal del cuello y les mordimos rodajas de limón de la boca con la excusa del tequila, y nos hicimos las típicas fotos cómico-sexuales en la cama. Pero ellas simplemente se dedicaban a fumar sus largos cigarrillos.

Supongo que estaban allí porque no podían ir a ninguna otra parte. En fin. Torrat se había puesto sentimental. Hablaba de sí mismo y todas le escuchaban alrededor. A Torrat se le nota que ha bebido bastante cuando empieza a contar sus cosas, porque rara vez lo hace estando sobrio. Era algo raro y divertido a la vez ver a tías que, en vez de buscarse un pagafantas, le estaban haciendo todas de pagafantas a uno de los nuestros. Porque Torrat, en aquel estado lamentable, no iba a liarse con ninguna de ellas, al menos aquella noche no.

Tanto Carlos como Rober me preguntaron que si me lo estaba pasando bien. Les respondí la verdad, que sí. Entonces me dijeron que si era así, perfecto, pero que si estaba fingiendo, pues que me dieran por el culo. Definitivamente estaban borrachos.

Como verás, tú no sales mucho en esta obra, y no porque yo no quiera.

La primera vez que oí mencionar tu nombre en toda la noche fue en boca de JP. Él no sabía que yo había vuelto a la ciudad y, cuando le preguntaste por mí, pensó que estabas borracha.

Eso me animó a buscarte. Me pasé por el Coyote (uno de tantos que surgieron después de la película), pero allí sólo encontré a Sole, que se empeñaba en entrar en el aseo de los chicos, y a Camilo, que aunque me saludó juró al día siguiente que no me había visto. Y le creo.

Los que quedábamos en la casa nos fuimos de nuevo a la Farola, poco antes de que la cerraran. En seguida me acerqué a la barra con la excusa de pedir una copa que ya no necesitaba. Fue entonces cuando te vi allí, sonriente, pequeña y frágil entre los cuerpos, cuando supe que ya no te quería tanto como te había querido, pero que esa noche no querría a nadie más de lo que te quiero a ti.

Intuía que nuestro encuentro iba a ser fugaz, así que lo alargué con preguntas y, como último recurso, con los chupitos. Debería haber pedido una botella entera.

Pero cuando dijiste que te ibas, que habías quedado con un amigo, que volverías, me pareció lógico e incluso previsible, como leer un cuento del que sabes el final. Lo único que me sorprendió fue el beso de despedida, porque hay cosas que quizás no deberían hacerse con personas que no son amigos, que son sólo “descoladas de otras que ya están también descoladas de ellas”.

O tal vez tú también habías pensado aquella noche que ya no me querías, pero que aquella noche nadie iba a quererme como tú.

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