14
Dic
09

Ramoncín en la terraza del Cocinarte.

Pues eso, Ramoncín en la terraza del Cocinarte. Y sus secuaces. Llegan, se sientan al solete, ven llegar a un tipo con pantalones oscuros y camisa blanca, de lo que deducen que es el camarero.
-Buenos días. Yo quería un café, ella un cortado y…
-Buenos días. Antes que nada, me gustaría presentarme. Soy Augusto Redondo Prieto. ¿Se encuentran cómodos?
Primer relámpago de “¿lo qué?”
-…Bastante, gracias. Pues entonces yo quer…
-Me alegro. La disposición y perfecta ubicación de las sillas, ya saben, respecto al sol, la contaminación acústica, el paso de la gente, los campos magnéticos… ha sido obra mía. Estoy muy orgulloso de ella. Les ruego se dispongan a abonar cinco euros por disfrutar de esta maravilla.
-¿Pagar qué? Oye, niñato, ni que fueras un artista.
-¡Eso! –se siente obligado a intervenir un secuaz, en apoyo de su pagador- Además, si es por eso, nos levantamos y en paz.
-Mucho me temo de que no va a ser posible solucionarlo tan fácilmente. Es más, ustedes disponen de unos accesorios que sirven perfectamente para sentarse, también conocidos como culos, por lo que, aunque no se hubieran sentado, hubieran podido hacerlo, por lo que les ruego de nuevo los cinco euros por persona de “canon por posesión de culo”.
-Usted está loco. Hemos venido a tomarnos un café en paz. Las sillas pertenecen al dueño del bar, que habrá pagado por ellas, y no nos querrá cobrar por su uso.
-Tiene usted razón, señor: la dueña ha pagado por estas sillas, pero no por su difusión. Observen el perfecto acabado de las patas, qué grácil curvatura idónea para las lumbares. A su edad ya debe de apreciar esos pequeños detalles que alivian la espalda, ¿me equivoco?
-¡Vámonos, Ramón! –chilla la chica del grupo. Es obvio, por su voz, que no es cantante, o que su disco tiene más retoques que la cara de Michael Jackson.
-No, no, no, esto no puede ser así –insiste el clásico viviente-. Vamos a ver, hemos dicho que nos había gustado la disposición de las sillas por ser amables, pero en el fondo no nos gusta nada.
-Cuánto lo siento, señor. Sin embargo, y como comprenderá, es un producto que no sólo está disfruntando, sino que además podría haber disfrutado, aunque no fuera su intención, y por pésima que fuera la calidad de las sillas o de su, a mi modo de ver, incomparable ubicación.
En este ínterin llega Nerea con una escoba en la mano:
-¡Largo de aquí, loco de los cojones! ¡Ya está bien de espantarme a los clientes, hooombre!
El chico de la camisa blanca y los pantalones oscuros escapa calle abajo de los escobazos, que terminan en el aire. Nerea se dirige a la mesa de la terraza.
-Perdonen, ¿eh? Es que es distraerse un momento y tener a éste aquí.
-No se preocupe, ha sido muy entretenido, pero ya nos extrañaba.
-¡Cuando lo contemos en casa no nos van a creer! –insiste la pija.
La dueña saca una libreta:
-Entonces, ¿qué van a desear los señores?
-Pues yo quería un café, ella un… ¿cortado? Sí, un cortado.
-Con sacarina.
-Con sacarina. Y los otros dos pelot… esto, mis dos lamec… quiero decir, ellos dos tomarán una caña cada uno.
-Como se encuentran en la terraza, ¿les importa pagarme ahora?
-Por supuesto que no –agita las manos el rey del pollo frito, conciliador con la dueña que los ha defendido.
-Pues serán 60 euros en total.
-¿Cómo? ¡No puede ser! ¿A cuánto está el café?
-Pues teniendo en cuenta que lo voy a hacer yo personalmente (machacar el grano, preparar la taza, etc.) y que no voy a pedirles nada más en el futuro, es la tarifa de cancelación habitual e incluso modesta, en mi opinión.
-¡Ustedes están todos locos!
-¿Le gusta el logo? En la camiseta, en la entrada… Lo hemos diseñado entre unos amigos y yo. Los están disfrutando desde que han llegado. Pero no sólo eso: les repito que el café es de autor y que nadie escancia la cerveza como yo a este lado del Danubio.
Finalmente, los autores y editores se levantan de la mesa de la terraza ubicada, desde mi humilde punto de vista, magníficamente.
-Ah, ¡y ni se le ocurra usar el baño! A mear, al escenario, que tengo al fontanero todavía rondando por aquí, y no nos vayamos a llevar un disgusto…
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