16
Nov
09

las paradojas de la logse, el ron pujol y el pínching desaprovechado, 2/2

Lip_Piercing_by_rivjern

 

La noche se propone entre la épica de bebernos la botella de roj Pujol (de litro) entre el Rober y yo y desparramarnos luego en la disco del hotel o bien la pragmática de ser más ensatos e invitar a alguien a beber. Quizás porque somos así de tacaños nos decidimos, casi sin darnos cuenta, por lo primero. Nos echamos unas risas en la habitación con los de Cuenca. Hay un tipo llamado Iván que consigue imitar con igual facilidad la voz del abuelo de Chechu y la del guiñol de Aznar.
Y cuando estamos lo suficientemente cocidos, bajamos a la disco a disfrutar (es un decir) de Alejandro Sanz y compañía. Yo insisto en bajar con la botella de ron, a la que le restan dos dedos de líquido, pero mi tocayo insiste en que ya hemos bebido bastante. Apreciación que apoyan los siguientes hechos:  al poco de estar en la disco, choco con uno de los de Cuenca y mi culo va a dar, con pasmosa facilidad, en el suelo. Como es una ley básica de la ebriedad que todo cuerpo sumergido en alcohol tiende a la horizontalidad como posición natural, deduzco que un poco borracho sí debo de estar.
Cuando me levanto, veo al de la gorrita enrollándose en un sofá con la tía más potable del viaje, una dieciochoañera con uno de esos maravillosos piercings en el labio inferior, con la que habíamos compartido mesa esa misma noche. Como mi yo ebrio tiene una sospechosa tendencia a la justicia poética, la visión me indigna profundamente, de modo que voy a sentarme justo a su lado, por joder. Cuando el de la gorrita me interpela para que me largue, le contesto, a duras penas, que estoy cansado. El tipo, encima, se da por satisfecho y sigue a lo suyo y la tía me mira con lo que yo interpreto en ese momento como amor apasionado y oculto y que bien podría ser, bien pensado, la compasión por el borracho.
Aparece por allí mi hermano y me persuade para que nos vayamos a la cama, y yo le salgo conque se espere un segundo, que me voy a cargar al de la gorrita y vuelvo. Como además de estar más sobrio, el Rober está más cachas que yo y como mi reducido yo sobrio sabe en el fondo que el de la gorrita me puede partir la cara por varios sitios y además tendría la razón, accedo finalmente a su propósito. Nos acostamos a las cinco y pico.
Tres horitas más tarde vamos camino de un descenso en barca por las gélidas y agitadas aguas de Noguera-Pallaresa, es decir, el rafting. En la barca tenemos como compañeros a Enrique, un oligofrénico al que han adoptado las guías del viaje y que no se calla ni un segundo, hasta el punto de hacer célebre en la comunidad de multiaventureros un desesperado ¡QUE TE CAALLEEEEEEEEEEESS…! cuando le da por usar el micrófono del autobús para sus chistes e imitaciones de Luis Miguel.
Conocí a un chaval oligofrénico en parvulitos. Ya falleció. Tal vez por eso paso menos de Enrique, y de ahí que acabe con nosotros en la barca. Supongo que esto tampoco me convierte en una buena persona, ni nada.
El resto de la tripulación, además de mi hermano, de mí y de mi tocayo andaluz, lo componen un trío de lo más curioso: un tipo con un increíble parecido a Mortadelo (y al que hemos bautizado así, Mortadelo), que es el único que se ríe de sus propios chistes; su novia Mayte, lo bastante guapa y sensata como para que nos preguntemos insistentemente qué coño hace con un tío así, y un amigo de ambos que nos ganó dos cervezas al adivinar el origen de una de las camareras del hotel. Era sevillana, yo dije que chilena y mi amigo y tocayo que de Europa del Este, y eso que el muy cabrón vive desde hace dos años en Sevilla.
Con el primer chapuzón (voluntario), la resaca desaparece arrastrada por el agua a dos grados que se cuela por entre el traje de neopreno. Cuando llevamos un rato de descenso, le preguntamos al guía, Jaume, por qué no hacemos lo mismo que las otras barcas y no hacemos más que piñarnos contra cada roca que se nos aparece. Nos responde que en la barca hay gente que no rema. Al finalizar el descenso, la empresa organizadora te ofrece la posibilidad de adquirir una oto de recuerdo de la experiencia. De nuestra barca hay seis tomas: en todas, mientras el resto remamos esforzadamente, Enrique mira sonriente, con el remo en alto, a la cámara.

La noche se propone entre la épica de bebernos la botella de roj Pujol (de litro) entre el Rober y yo y desparramarnos luego en la disco del hotel o bien la pragmática de ser más ensatos e invitar a alguien a beber. Quizás porque somos así de tacaños nos decidimos, casi sin darnos cuenta, por lo primero. Nos echamos unas risas en la habitación con los de Cuenca. Hay un tipo llamado Iván que consigue imitar con igual facilidad la voz del abuelo de Chechu y la del guiñol de Aznar.
Y cuando estamos lo suficientemente cocidos, bajamos a la disco a disfrutar (es un decir) de Alejandro Sanz y compañía. Yo insisto en bajar con la botella de ron, a la que le restan dos dedos de líquido, pero mi tocayo insiste en que ya hemos bebido bastante. Apreciación que apoyan los siguientes hechos:  al poco de estar en la disco, choco con uno de los de Cuenca y mi culo va a dar, con pasmosa facilidad, en el suelo. Como es una ley básica de la ebriedad que todo cuerpo sumergido en alcohol tiende a la horizontalidad como posición natural, deduzco que un poco borracho sí debo de estar.
Cuando me levanto, veo al de la gorrita enrollándose en un sofá con la tía más potable del viaje, una dieciochoañera con uno de esos maravillosos piercings en el labio inferior, con la que habíamos compartido mesa esa misma noche. Como mi yo ebrio tiene una sospechosa tendencia a la justicia poética, la visión me indigna profundamente, de modo que voy a sentarme justo a su lado, por joder. Cuando el de la gorrita me interpela para que me largue, le contesto, a duras penas, que estoy cansado. El tipo, encima, se da por satisfecho y sigue a lo suyo y la tía me mira con lo que yo interpreto en ese momento como amor apasionado y oculto y que bien podría ser, bien pensado, la compasión por el borracho.
Aparece por allí mi hermano y me persuade para que nos vayamos a la cama, y yo le salgo conque se espere un segundo, que me voy a cargar al de la gorrita y vuelvo. Como además de estar más sobrio, el Rober está más cachas que yo y como mi reducido yo sobrio sabe en el fondo que el de la gorrita me puede partir la cara por varios sitios y además tendría la razón, accedo finalmente a su propósito. Nos acostamos a las cinco y pico.
Tres horitas más tarde vamos camino de un descenso en barca por las gélidas y agitadas aguas de Noguera-Pallaresa, es decir, el rafting. En la barca tenemos como compañeros a Enrique, un oligofrénico al que han adoptado las guías del viaje y que no se calla ni un segundo, hasta el punto de hacer célebre en la comunidad de multiaventureros un desesperado ¡QUE TE CAALLEEEEEEEEEEESS…! cuando le da por usar el micrófono del autobús para sus chistes e imitaciones de Luis Miguel.
Conocí a un chaval oligofrénico en parvulitos. Ya falleció. Tal vez por eso paso menos de Enrique, y de ahí que acabe con nosotros en la barca. Supongo que esto tampoco me convierte en una buena persona, ni nada.
El resto de la tripulación, además de mi hermano, de mí y de mi tocayo andaluz, lo componen un trío de lo más curioso: un tipo con un increíble parecido a Mortadelo (y al que hemos bautizado así, Mortadelo), que es el único que se ríe de sus propios chistes; su novia Mayte, lo bastante guapa y sensata como para que nos preguntemos insistentemente qué coño hace con un tío así, y un amigo de ambos que nos ganó dos cervezas al adivinar el origen de una de las camareras del hotel. Era sevillana, yo dije que chilena y mi amigo y tocayo que de Europa del Este, y eso que el muy cabrón vive desde hace dos años en Sevilla.
Con el primer chapuzón (voluntario), la resaca desaparece arrastrada por el agua a dos grados que se cuela por entre el traje de neopreno. Cuando llevamos un rato de descenso, le preguntamos al guía, Jaume, por qué no hacemos lo mismo que las otras barcas y no hacemos más que piñarnos contra cada roca que se nos aparece. Nos responde que en la barca hay gente que no rema. Al finalizar el descenso, la empresa organizadora te ofrece la posibilidad de adquirir una oto de recuerdo de la experiencia. De nuestra barca hay seis tomas: en todas, mientras el resto remamos esforzadamente, Enrique mira sonriente, con el remo en alto, a la cámara.

 

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