15
Nov
09

Las paradojas de la Logse, el ron Pujol y el pínching desaprovechado, 1/2

cremat

Imaginad una amazona de esbelta figura dándole palmadas en el trasero al caballo que tú (es un decir) manejas mientras profiere salvajes yeeeeehaa de indudable acento catalán, concretamente pallarés-ribagorgà…

Pues no, no es mi última fantasía sexual, listos. Es lo que nos pasó hace unos días, cuando estábamos en los Pirineos, junto con un tocayo de Sevilla, disfrutando de un viaje organizado del IVAJ para “jóvenes intrépidos”.

¡El Multiaventura Semana Santa 1997! ¿Y quién no ha oído hablar de él?

Al Rober y a mí nos habían colado porque nos chuscaron robándole la gasolina al coche del director y el tío, por eso de la LOGSE que todavía no he entendido muy bien, se propuso mandarnos a reformar a la naturaleza. Aire puro, deporte, buenas compañías. Y que le dejáramos estar el coche una temporada.

Lo peor fue el viaje de ida y vuelta, nueve horitas cada vez, en condiciones que nos hicieron bautizar al autocar como “Áusbitch”.

Para colmo, en el de ida, cuando todo cristo intenta desesperadamente echar una cabezadita, se nos maman tres multiaventureros que amenizan el trayecto GRITANDO anécdotas que interesan a su putísima madre (a los que estéis leyendo esto: no me tiréis cosas que duelan, porfa) e insistiendo regularmente en comentarios del tipo “BEBE HIJOPUTA” y “JODER, VOY A TENER QUE MEAR EN ELVASO”. Por suerte, uno de estos dicharacheros colegas, el más ruidoso, llevaba una gorra, lo que nos permitió estigmatizarlo convenientemente para el resto del viaje como “el de la gorrita”.

Las habitaciones eran múltiples, así que compartimos la nuestra con tres tíos de un pueblo de Cuenca, que habían venido con un grupo más grande, muy majos todos.

Hicimos todas esas cosas que forman parte de la entrañable cultura tradicional pirenaica: descender barrancos, montar a caballo, hacer rafting, visitar el parque natural… Aprovechamos la única tarde libre para bajar al pueblo más cercano (porque el hotel estaba junto a una estación de esquí, pero alejado del resto de la civilización), compartiendo taxi (es otro decir, era un 4×4) con ¿adivináis? “el de la gorrita” y sus secuaces.

Todos tenemos la misma brillante idea: comprar bebida y “el de la gorrita”, además, comprar condones, aunque se desanima cuando el conductor le anuncia que la obtención del profiláctico más cercano supondrían 14 km. extras, con el consecuente aumento de tarifa, que ya de por sí es del tipo “para turistas en apuros”.

Llegamos al pueblo, Espot, y nos dirigimos a una de esas entrañables tiendas de ultramarinos que sólo sobreviven en los lugares entrañables de ultramarinos (“Queviures”) que sólo sobreviven en los lugares alejados del sucio capitalismo o, en las ciudades, si regentados por pakistaníes o chinos. Excepto en la calle de la Mar, de València, donde por tres euros te haces con un bocata y una lata de birra medianamente fresca y el bocata te lo cortan en el momento. Fin de la publicidad.

El Rober quiere sólo ron oscuro. La única botella visible es de uno llamado Pujol. Intento convencerle de que lo de empaparse de las tradiciones locales está muy bien, pero que no hay que tomárselo al pie de la letra… pero no hay tu tía, está emperrado con lo del ron Pujol.

Así que, tras preguntar a la tendera por otras posibles marcas del mismo tipo e informarnos de que es la única de que dispone, nos decicimos a su adquisición. “Pero éste también es muy bueno”, nos comenta, con esa fe inquebrantable que todo comerciante que se precie aparenta tener de sus productos. Y no como una dependiente mercenaria de un centro comercial con un ojo en el reloj y otro en que no le quitemos el sensor magnético a la ropa.

Lo bueno viene con el precio: la mujer hace cábalas, nos mira apreciativamente y como calculando mentalmente el precio, y finalmente nos informa: con la coca-cola y el hielo, hacen setecientos duros.

-¿Lo cualo?

-¿Pero cuánto cuesta el ron Pujol?

Toma, pues quinientos duros, igual que el Bacardì.

Confirmado, acabamos de ser timados por una vieja, en una pequeña tienda, en una aldea de los Pirineos: ya somos turistas adultos.

La mujer, eso sí, muy creíble en su papel, pretende hacernos ver que nos está haciendo un favor.

-Tú eres mayor de edad, ¿no?

Le pregunta al Rober, que es más alto y más ancho que yo, y aparte de ser el único mayor de edad de nosotros, es el único que aparenta tener mucha más edad que todos. Mi hermano no da crédito.

-Es que no puedo vender a menores –prosigue la señora.

Yo me apunto:

-Pídale el DNI, pídale el DNI,

sin poder aguantarme la risa.

Jodidos pero contentos, abandonamos la tienda y nos reunimos con nuestros compañeros de taxi. El de la gorrita se sorprende al vernos con hielo.

-¿Cómo váis a conservarlo hasta la noche? –se burla.

-Con nieve

que, por si no lo he mencionado, se encuentra en cantidades ingentes a escasos veinte metros del hotel.

El de la gorrita nos mira apreciativamente, como si hubiera descubierto en nosotros algún valor que hasta entonces le había pasado desapercibido.

-Hostia, ¡qué buena idea!

y se larga corriendo a comentárselo a sus colegas.

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