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Nov
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el relato que me contó Dinosaurio, de Neal Stephenson, 4/4

splinter

Lo echamos a suerte y a mí me tocó ir con las hormigas para la primera prueba. Seguí a la Reina hasta el centro de su ejército, moviéndome con cuidado hasta que la Reina dijo:

—¡Muévete con energía, pulmonado! ¡El tiempo es comida! No te preocupes por las hormigas bajo tus patas, no es posible que mates más de cero. —Así que desde ese momento, caminé con normalidad, aunque las patas se me volvieron resbaladizas con tanta hormiga aplastada.

Viajamos hacia el sur durante un día o dos y nos detuvimos en la orilla de un arroyo.

—Al sur está el territorio del Rey de los Cucarachas. Tu primera tarea es traerme la cabeza del Rey.

Mirando a través del río, pude ver que todo el campo estaba lleno de un número infinito de cucarachas, más de las que podría aplastar nunca; e incluso si podía aplastarlas a todas, habría más bajo tierra, que sin duda era donde vivía el Rey.

Vadeé el río y viajé por el Reino de los Cucarachas durante tres días hasta que crucé otro río y entré en el

Reino de los Abejas. Aquel lugar era más verde que ninguno que hubiese visto en mucho tiempo, con muchas flores y abejas por todas partes llevando néctar a las colmenas, que eran tan grandes como casas.

Eso me dio una idea. Derribé varios árboles huecos llenos de miel, los arrastré hasta el Reino de las Cucarachas, los abrí e hice caminos de miel hasta el océano. Las cucarachas siguieron el rastro hasta el borde del agua donde las olas las hundieron y las ahogaron. Durante tres días vigilé la playa mientras el número de cucarachas se reducía y, finalmente, al tercer día el Rey de las Cucarachas salió de su salón del trono para ver adonde había ido todo el mundo. Lo subí a una hoja y, atravesando el río, lo llevé al norte, al Reino de las Hormigas, para sorpresa de la Reina.

Después me pusieron al cuidado del Rey de las Aves. Él y su charlatán y gorgoteante ejército me llevaron a las montañas, por encima de las nieves, Y yo estaba seguro de que me congelaría hasta morir. Pero mientras seguíamos subiendo de pronto hubo más color, cosa que no entendí hasta que comprendí que nos aproximábamos a un volcán activo. Finalmente nos detuvimos al borde de una corriente de lava de casi un kilómetro de ancho. En el centro de la corriente había una alta piedra negra como una isla en medio de un río.

El Rey de los Pájaros se arrancó una pluma dorada de la cola y se la dio a uno de los soldados, que la cogió con el pico, voló sobre la lava, y dejó la pluma sobre la piedra. Para cuando el soldado volvió, estaba medio quemado por el calor que radiaba la lava, ¡y no creáis que no se me hacía la boca agua!

—Tu tarea —dijo el Rey— es traerme la pluma.

Vamos, eso sí que era injusto, y protesté diciendo que claramente los pájaros querían favorecer a Pteranodon. Ese tipo de argumento hubiese podido funcionar con las hormigas o incluso con las musarañas; pero el Rey de las Aves no hizo caso. Para ellos, la virtud consistía en ser como pájaros, y la justicia no tenía nada que ver.

Bien, permanecí de pie al lado de la corriente de lava hasta que mi piel humeaba, pero no podía ver cómo alcanzar la pluma. Finalmente decidí rendirme. Me alejaba, cortándome las patas sobre las rocas puntiagudas, cuando me llegó una idea: la roca sobre la que había estado de pie no era más que lava que se había enfriado y solidificado.

Eso era en lo más alto de las montañas, donde los glaciares y los campos nevados se alzaban ante mí como paredes palaciegas. Subí por una pendiente muy inclinada y comencé a golpear la nieve con la cola hasta que provoqué una avalancha. Millones de toneladas de hielo y nieve cayeron sobre el flujo de lava, lanzando tremendos chorros de vapor. Durante tres días y tres noches no pude ver las garras frente a mi cara debido al vapor, pero al tercer día finalmente se aclaró, y vi un puente de lava endurecida que llevaba directamente hasta la piedra negra. Correteé por él (en la medida en que un dinosaurio puede corretear), cogí la pluma dorada, volví y permanecí sobre la nieve un rato enfriándome los pies. Luego fui al Rey de las Aves, que estaba, por supuesto, sorprendido.

Luego me encontré al cuidado de los mamíferos, que eran casi todos musarañas. Me llevaron al pie de una montaña, hasta la boca de una cueva.

—Tu tarea —dijo el Rey de las Musarañas—, es esperar aquí a Dojo y derrotarle en un único combate.

Luego todas las musarañas se fueron y me dejaron allí solo.

Esperé frente a la cueva durante tres días y fres noches, lo que me dejó mucho tiempo para registrar el lugar. Al principio me sentía un poco presuntuoso ante el desafío, porque parecía el más fácil de los tres; aunque no sabía quién o qué era Dojo, sabía que en todo el mundo no había nadie que fuese mi igual en combate individual. Pero el primer día, sentado en mi cola esperando a Dojo, noté el resplandor de pequeños objetos brillantes en el suelo, y examinándolos con cuidado vi que eran, de hecho, escamas. Para ser exactos, eran escamas de dinosaurio, que reconocí como pertenecientes o Pteronodon, Ankylosourio y Urahrapfor, y parecía que habían sido arrancadas de sus cuerpos por poderosos golpes.

El segundo día di una vuelta por los alrededores y descubrí tremendas heridas en los troncos de los árboles, que sin duda habían sido producidas por Utahraptor cuando atacaba a Dojo; otros árboles que habían sido arrancados por completo por la cola en forma de maza de Ankylosaurio; y encontré largas hendiduras en el suelo hechas por las garras de Pteranodon, mientras intentaba una y otra vez darle a su elusivo oponente. En ese momento empecé a preocuparme. Estaba claro que mis oponentes habían luchado con Dojo y habían perdido, así que si yo perdía también (lo cual era inconcebible) estaría a la par con los demás, pero las reglas del concurso decían que si había empate, los cuatro dinosaurios serían devorados, y el Reino de los Reptiles ya no existiría. Pasé la noche preocupándome sobre quién o qué era el terrible Dojo.

El tercer día no pasó nada, y empecé a preguntarme si no debería entrar en la cueva y buscar a Dojo.

Hasta entonces lo única cosa viva que había visto era un ratón negro que ocasionalmente salía disparado de las rocas en la entrada de la cueva buscando un poco de comida. La siguiente ocasión que vi al ratón, dije (hablando suavemente para no asustarle):

—¡Oye, ratón! ¿Hay algo dentro de la cueva?

El ratón negro se sentó sobre sus caderas, sosteniendo una gaylussacia entre las manos y mordisqueándola.

—Nada en especial —dijo—, sólo mi pequeño hogar. Una chimenea, algunos cacharros y sartenes, unas

bayas secas, y el resto está lleno de esqueletos.

—¿Esqueletos? —dije—. ¿De otros ratones?

—Hay algunos esqueletos de ratón, pero la mayoría pertenece a dinosaurios de un tipo u otro, en su mayoría carnívoros.

—Que se han extinguido a causa del cometa —propuse.

—Oh, perdóneme, señor, pero respetuosamente debo informarle que las muertes de esos dinosaurios no

están relacionadas con el cometa.

—¿Entonces, cómo murieron? —pregunté.

—Lamento decir que los maté en defensa propia.

—Ah —dije, sin creérmelo del todo—, entonces tú debes de ser…

—Dojo el Ratón —dijo—, a su servicio.

—Lamento terriblemente haberle molestado, señor —dije, empleando mis mejores modales, porque estaba claro que aquel Dojo era un tipo extremadamente amable—, pero su fama de guerrero se ha extendido de un lado a otro, y he venido humildemente a buscar su consejo sobre convertirme en mejor guerrero; porque no he dejado de notar que en el ambiente postcometa, dientes como cuchillos y seis toneladas de músculos podrían en cierto sentido estar pasados de moda.

Lo que sigue es una historia bastante larga, porque Dojo tenía mucho que enseñarme y lo hacía despacio. Pero al tercer día de mi entrenamiento, cuando todavía no había aprendido nada sino humildad, buenos modales y cómo barrer la cueva, pregunré a Dojo si estaría interesado en jugar al tres en raya. Ése era un deporte común entre los dinosaurios. Lo trazábamos en el barro (muchos paleontólogos se han sorprendido al encontrar juegos de tres en raya cubriendo las excavaciones prehistóricas y le han echado la culpa a los obreros locales que contratan para realizar las excavaciones y el transporte).

En cualquier caso, le expliqué las reglas del juego a Dojo, y aceptó intentarlo. Nos fuimos al montón de barro más cercano, y allí, o la vista de muchas musarañas, jugué al tres en raya con Dojo, y le vencí, aunque debo confesar que fue arriesgado en algún momento. Ya estaba; había derrotado a Dojo en un solo combate.

A la mañana siguiente me marché de la cueva de Dojo y volví a la playa, donde se habían reunido los otros tres dinosaurios, con un aspecto tan terrible como el que puedes imaginar. El Rey de las Musarañas, el Rey de las Aves y la Reina de la Hormigas llegaron con todos sus ejércitos y me coronaron Rey de los Reptiles o Tyrannosaurus Rex, como solíamos decir. Luego se comieron a los otros tres dinosaurios como habían acordado. Además de mí, los otros reptiles que quedaron eran unas cuantas serpientes, lagartos y tortugas, que siguen siendo mis obedientes siervos.

Hubiese podido tener la vida lujosa de un Rey, pero ya Dojo me había enseñado la humildad, así que volví a su cueva inmediatamente y pasé los siguientes millones de años estudiando su arte.

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