01
Nov
09

El relato que me contó Dinosaurio, de Neal Stephenson, 2/4

Así que estábamos atrapados allí, los cuatro, y aunque no teníamos televisión ni internet en aquella época, sabíamos bien lo que sucedía: éramos los últimos cuatro dinosaurios sobre la Tierra. Pronto seríamos tres, y luego dos, y luego uno, y después ninguno, y la única pregunta por contestar era en qué orden nos iríamos. Podríais pensar que eso sería terrible y deprimente, pero no era en realidad tan malo; al ser dinosaurios, no invertíamos demasiado tiempo ponderando lo imponderable, si sabéis lo que quiero decir, y en cierta forma era divertido esperar para ver cómo acababa todo. La suposición general era, creo, que Ankylosaurio sería el primero, pero Utah y yo nos hubiésemos matado en un instante.

playa_gris

Así que nos enfrentamos los unos a los otros en aquella playa, Utahraptor, Ankylosaurio y yo en un triángulo perfecto con Pteranodon volando por encima.

Después de mirarnos a la cara durante algunas horas, noté por el rabillo del ojo que las lomas al norte y al sur se movían como si estuviesen vivas.

De pronto hubo un sonido brutal en el aire a nuestro alrededor, y no pudimos evitar levantar la vista, aunque yo mantuve un ojo sobre Utahraptor. El mundo había sido un lugar tan silencioso y muerto durante tanto tiempo que nos sorprendía el sonido y el movimiento, y ahora parecía que el aire y la tierra habían vuelto a la vida, justo como en los días anteriores al cometa.

El ruido en el aire estaba causado por una gran bandada de minúsculos pteranodones, aunque en lugar de la suave piel de los reptiles sus alas estaban cubiertas por enormes escamas, y tenían picos sin dientes en lugar de bocas de verdad. Aquellas cosas miserables —aquella basura alada— volaban alrededor de Pteranodon, mordiendo en sus ojos, picándole las alas, y no podía hacer nada si quería mantenerse en el aire.

Como he dicho, yo tenía un ojo en Utahrapror, como siempre, y para mi sorpresa de pronto se volvió y

corrió hacia el norte, con una ansiedad que sólo podía explicarse por lo presencia de comida. Naturalmente, le seguí, pero despacio. Algo iba mal. La tierra en el lado norte estaba cubierta por una alfombra que se arremolinaba alrededor de las patas de Urahraptor. Enfocando los ojos, que para ser francos no eran muy buenos, vi que la alfombra era en realidad miles de diminutos dinosaurios cuyas escamas se habían hecho largas, delgadas y numerosas; es decir, tenían pelo. Había estado viendo esos tentempiés de cuatro patas bajo los troncos y las piedras durante los últimos millones de años y siempre los había considerado mutaciones sin futuro. Pero de pronto había miles de ellos, ahora que sólo había cuatro dinosaurios en todo el mundo. Y parecía que actuaban juntos.

Eran tan pequeños que Utahraptor no tenía forma de metérselos en la boca, y en cuanto dejaba de moverse durante un instante, se arremolinaban alrededor de sus patas y cola y le mordían la carne. Una plaga de musarañas. Estaba tan confundido que me paré.

Eso fue un error, pronto sentí en mis patas y cola como millones de pinchazos. Girándome, vi que el lado

sur estaba cubierto de hormigas, millones de ellas, y aparentemente estaban decididas a devorarme. Mientras tanto Ankylosaurio lanzaba y golpeaba con su bola de hueso por todos lados sin ningún efecto, porque las hormigas se le subían también al cuerpo.

Bien, muy pronto las musarañas, las hormigas y los pájaros empezaron a encontrarse y pelearse entre ellos, así que declararon una tregua. El Rey de las Aves, el Rey de las Musarañas y la Reina de las Hormigas se reunieron a parlamentar sobre una roca. Mientras tanto dejaron a los dinosaurios en paz, viendo que en cualquier caso estábamos atrapados.

La situación me pareció injusta, así que me acerqué a la roca en la que aquellos despreciables micromonarcas hablaban, a poco más de un kilómetro por minuto, y dije:

—¡Eh! ¿No vais a invitar al Rey de los Reptiles?

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