30
Oct
09

El relato que me contó Dinosaurio, de Neal Stephenson 1/4

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Éramos cuatro viajando por un paisaje muy parecido a éste, excepto que en lugar de rocones, todos los árboles estaban quemados. Aquella zona del mundo se había vuelto oscura y fría durante un tiempo después del impacto del cometa, por lo que muchas de las plantas y árboles murieron; y después de morir, se secaron, y luego sólo fue cuestión de tiempo que un rayo causase un gran incendio. Los cuatro atravesábamos una zona quemada buscando comida, y podéis suponer que estábamos muy hambrientos. No importa por qué lo hacíamos; en aquella época, si las cosas se ponían mal donde estabas, simplemente re levantabas y te movías hasta que se pusiesen mejor.

A mi lado estaba Utahraptor, que era más pequeño que yo, pero muy rápido, con grandes garras curvadas en los pies; de una patada podía abrir a otro dinosaurio como una fruta madura. Luego estaba Ankylosaurio, que era un lento comedor de plantas, pero peligroso; estaba protegido por todas partes por una concha huesuda como una tortuga, y al final de la cola tenía un gran trozo de hueso que podía destrozar el cerebro de cualquier dinosaurio carnívoro que se le acercase. Finalmente estaba Pteranodon, que podía volar. Todos viajábamos juntos en una pequeña manada. Para ser honestos, nuestra banda había estado compuesta por un par de cientos de dinosaurios, la mayoría comedores de plantas, similares a los ornitorrincos, pero Utahraptor y yo nos habíamos visto obligados a comernos a la mayoría; sólo unos pocos cada día, por supuesto, por lo que al principio no se dieron cuento porque no eran muy inteligentes.

Finalmente su número quedó reducido a uno, un personaje demacrado y valiente llamado Everert, que intentamos que durase todo lo posible. Durante esos últimos días, Everett buscaba a sus compañeros a su alrededor. Como todos los vegetarianos, tenía ojos a los lados de la cabeza y podía ver casi en todas direcciones. Everett parecía pensar que sólo con girar la cabeza en la dirección adecuada, un grupo de ornitorrincos saludables aparecería ante su vista. Al final, creo que Everett sumó dos y dos; le vi parpadear sorprendido una vez, como si por fin la luz le hubiese entrado en lo cabeza, y el resto del día estuvo muy tranquilo, como si su media docena de neuronas estuviese calculando las implicaciones. Después de eso, mientras recorríamos el territorio quemado en el que Everett no tenía nada que comer, se volvió más decaído y lloroso hasta que finalmente Utahraptor perdió los nervios, lo partió con una pierna y allí estaban las visceras de Everert sobre el suelo como una bolsa de la compra. Simplemente no había nada que hacer sino comérselo.

Yo me comí la mayor parte, como era normal, aunque Utahrapror se movía continuamente por entre mis piernas y robaba trozos jugosos, y de vez en cuando Pteranodon se metía de golpe y agarraba un trozo de intestino. Ankylosaurio se quedó a un lado y miró. Durante mucho tiempo lo consideramos idiota, porque siempre se quedaba a un lado mientras miraba cómo nos dividíamos a los ornitorrincos, mascando estúpidamente cola de caballo, sin decir demasiado. En retrospectiva, quizá fuese de carácter taciturno. Quizás había decidido que nos gustaría comérnoslo si encontrásemos algún hueco en su armadura.

¡Si lo hubiésemos hecho! Muchos dias después de que Everett se hubiese convertido sólo en otra caca tras nosotros, Utahraptor, Pteranodon y yo caminábamos por el paisaje muerto mirando a Ankylosaurio, babeando mientras imaginábamos los deliciosos bocados que se encontraban dentro de aquella concha armada. Él también debía de estar hambriento, y sin duda sus bocados eran menos gruesos y deliciosos cada día. De vez en cuando encontrábamos algún lugar protegido en el que plantas verdes desconocidas sacaban tallos a través de los restos grises y negros, y nosotros animábamos a Ankylosaurio para descansar, tomarse su tiempo y comer todo lo que quisiese.

—¡No, en serio! ¡No nos importa esperar por ti! —Siempre fijaba sus pequeños ojos laterales en nosotros,

y nos miraba siniestro mientras pastaba.

—¿Cómo fue la cena, Anky? —le decíamos.

Él murmuraba algo como:

—Con sabor a iridio, como siempre. —Y luego pasaba otro par de días sin intercambiar una palabra.

Un día llegamos al borde del mar. El agua salada golpeaba una playa sin vida moteada por los huesos de criaturas marinas extinguidas, desde pequeños trilobites hasta plesiosaurios. A nuestra espalda estaba el desierto que acabábamos de atravesar. Al sur había una cordillera de montañas que hubiese sido imposible atravesar aunque la mitad de las cumbres no fuesen volcanes en erupción. Al norte podíamos ver la nieve cubriendo la cima de las colinas, y todos sabíamos lo que eso significaba: si íbamos en esa dirección, pronto nos congelaríamos hasta morir.

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