21
Oct
09

No pares en pelillos, Viskovitz, de Alessandro Boffa, (2/2)

Esperé durante tres días y tres noches, sin pegar ojo, a que pusiera los huevos. Dios nos concedió tres, blancos, con un óvalo regular. Los medí, y luego, con el pico, cincelé en cada uno de ellos una «V». Ljuba me prohibió utilizar colo­rantes: ¿y si pasaban a la yema?

Había que estar alerta. Establecí turnos de guardia y de incubación. Yo no pensaba moverme del nido; la despensa estaba bien provista. Me quedaría apostado detrás de la puerta, de forma que si alguien se aventuraba a asomar su sucio pico, le atacaría directamente a los ojos. No podía dejar de pensar en aquel asunto de los cucos. En cómo noso­tros, los paseriformes, llevábamos siglos dejándonos enga ñar. Me sentía herido en mi dignidad de pinzón. La verdad era que muchos paseriformes, incluidos los pinzones, tenían la mala costumbre de comportarse según pautas estereotipa das. Así, si veían un muñeco de paja con un sombrero en la cabeza, aquello era un campesino, y, si veían un polluelo con la boca abierta en su nido, había que darle obligatoria mente de comer. Era obvio que la gente después se aprove chaba. Sería una de las primeras cosas que enseñaría a mis hijos: la virtud de la desconfianza.

En el silencio de la noche, apoyaba la oreja al cascarón y oía respirar a mis pimpollos.

Cuando le tocó el turno de guardia a Ljuba, me concedí un breve sueñecito. ¡Al despertar la encontré roncando, totalmente desmelenada entre los almohadones de plumón!

Le monté una escena, una verdadera bronca. Juré y per juré, blasfemé, menté a todos los santos con plumas y se las canté bien claras.

–Cálmate Visko, todas tus «V» continúan en su sitio. Acabo de dar a luz, no puedes seguir martirizándome así.

–¡Y todavía tienes el valor de abrir el pico! ¿Acaso crees que me he pasado toda la vida matándome a trabajar para que lo disfruten alegremente los hijos del cuco? ¿Te parece que mi linaje se ha mantenido firme durante milenios de competencia genética para que un buen día un cuco vividor pudiera tener baby-sitter?

Volví a inspeccionar los huevos y os juro que, ¡diantre!, una de aquellas «V» tenía una caligrafía extraña. Pasé otros tres días sin pegar ojo, dando vueltas alrededor de los huevos, rezando y maldiciendo. Tenía los nervios a flor de plumas.

Por fin rompieron el cascarón. Dos machos y una hem bra. Causaban un poco de impresión: tres cuerpecitos flacos y desplumados, con un enorme pico abierto de par en par y piando sin cesar. Los examiné atentamente.

–¿No son un amor?

–Supongo que sí –respondí circunspecto, mientras obser vaba con detenimiento el del centro.

Era claramente distinto de los otros dos.

–Mira, éste tiene el plumón rojizo.

–Se le ha quedado pegada un poco de yema, Visko, eso es todo.

–Vale, pero no estará de más que lo vigilemos… ¿Y por qué demonios chilla más que los otros?

–Porque hace una hora que le tiras de las plumas, Visko.

–Es posible. De todas formas, lo más prudente será ais larlo de los otros dos.

–¿Estás de broma? ¿Te das cuenta de lo traumático que sería eso para él, pobrecito? Además, piénsalo: si fuese lo que tú temes, sería el más corpulento de los tres, y en cam bio es más grande el otro macho.

–Ya, será mejor que nos andemos con ojo también con el otro.

En el momento en que pronuncié la palabra «ojo», se me empezó a nublar la vista. ¿Cuánto maldito tiempo hacía que no pegaba ojo?

–Los pequeños necesitan proteínas, Visko. Haz algo, intenta encontrar alguna lombriz, una oruga, una culebrilla. En realidad lo ideal sería una buena culebrilla.

¿Una culebrilla? Se dice pronto. ¿Dónde iba a encontrar una culebrilla a aquellas horas?

Sea como fuere, emprendí el vuelo. El aire fresco y los continuos cabezazos que me daba contra las ramas me des­pertaron un poco. Di vueltas arriba y abajo, hasta que final mente, una vez más, mi habilidad y mi minucioso conoci­miento del terreno tuvieron su recompensa. Con las primeras luces del amanecer, volvía al nido con una hermo sa culebrilla.

–Bravo, Visko –gorjeó arrulladora mi Ljuba–, sabía que lo conseguirías. Trae aquí.

–¡Ah no! ¡Quiero dársela yo!

Dividí en tres partes mi presa, las desmenucé y empecé a dar de comer a la hembra.

–Gracias, papá –pió.

–¿Has oído? ¡Ya sabe decir «papá»! Ésta sí que es de los nuestros.

A continuación le di de comer al macho del plumón amarillo.

–Gracias, papá –farfulló.

–¿Has oído? También éste me parece un tío despierto.

Luego cogí lo que quedaba y se lo serví al tipo del plu món rojizo.

–Gracias, Visko –canturreó–, no estaba mal la culebrilla.

Sentí que un frío estremecimiento me recorría los huesos.

–¡Es él! –maldije–. Es él. ¡Desde el principio supe que el bastardo era él! –Lo agarré por el pescuezo–. ¡Confiesa! ¡Confiesa, miserable! Querías jugármela, ¿eh? Creías que te saldrías con la tuya, ¿no, mamarracho?

El tipo se echó a llorar como si le hubiese degollado. Ljuba se abalanzó sobre mí y empezó una auténtica batalla campal. Para cuando quise darme cuenta, me encontré inmo vilizado con las alas contra el suelo.

–¡Como te atrevas otra vez a tocar a uno de los pequeños te mato! –bufó encolerizada–. ¡Y te digo de verdad, tan cier­to como que Dios existe, que, si vuelvo a oír hablar de cucos, cojo a los pequeños y me largo! –Estaba furibunda–. ¡Es más, me voy ahora mismo!

–Espera, mi vida, no nos precipitemos. Sabes que te quiero, a ti y a los pequeños, lo sois todo para mí. Perdóna me, ya no sé lo que me hago. Con todo este asunto de los cucos…

–¡No quiero volver a oír esa palabra!

–Vale, vale. Quizá lo único que necesito es un buen sueño. Un sueño bueno y largo.

El pequeño seguía gimoteando entre las alas de Ljuba. Yo ya no podía más.

–Me caigo de sueño, Ljuba. Vigílalos, te lo pido por favor… quiero decir que… bueno, ocúpate tú.

Caí dormido como un tronco.

Cuando desperté, Ljuba y los niños habían desaparecido. El nido estaba patas arriba, como si hubiese pasado un alcotán.

–¡Ljuba! –grité.

–Estamos aquí, en la terraza, Visko. Hay que ir a por provisiones, cariño. Se ha acabado el grano.

–¿Acabado? Demonios, ¿cuánto tiempo he dormido?

–Tres días, querido.

Los niños estaban tumbados al sol, dormitando. Los observé atentamente.

–¿Hay alguno que se comporte de manera extraña, Ljuba?

–Sólo tú, Visko.

Tenían ya un discreto plumaje. Gris ceniciento en las mejillas, la garganta y el pecho, negro plomizo con manchas blancas en las remeras y timoneras. Aparentemente todo correcto, se parecían el uno al otro como gotas de agua. Muy bien. Había llegado el momento de celebrarlo; me que daban todavía bayas de grosella en la buhardilla y me dirigí hacia allí.

Al llegar al piso superior, la vista me jugó una mala pasada. Se me erizaron las plumas y me quedé petrificado, con el pico abierto. ¡Había alguien en mi cama: un enorme pájaro despatarrado sobre mi plumaje!

–¡Ljuba! –chillé–. ¿Qué está pasando aquí?

Ljuba subió a todo correr. Entretanto aquel tipo se había incorporado en la cama de un salto y se estaba alzando en toda su altura sobre las patas. Era tan grande como Ljuba, es decir, cuatro veces más que yo, tenía el pecho de color gris ceniciento y las plumas para el vuelo de un negro plomizo con manchas blancas. Abrió el pico para decir:

–Cucú, Viskovitz.

Vi llegar corriendo también a mis pequeños, aunque no tan pequeños, pues me sacaban ya un pico de altura.

–Cucú, Viskovitz –me graznaron a coro.

Entonces miré a Ljuba y la vi sonreír.

–Cucú, Viskovitz –recalcó.

La cabeza me daba vueltas y no sabía realmente qué decir.

–Cucú –respondí educadamente.

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