21
Oct
09

No pares en pelillos, Viskovitz, de Alessandro Boffa (1/2)

nido

Después de tanto migrar, había encontrado un rinconcito como es debido, en un bosque de hayas de la Alta Baviera. Un territorio poco concurrido, frondoso, con una magnífica vista sobre el lago y, lo más importante, a dos golpes de ala del trigal. Tal como os lo digo, trigo. No sé vosotros, pero yo soy fundamentalmente granívoro. También me las arreglo más que bien como frugívoro, insectívoro, caracoles y así sucesivamente. La verdad es que nosotros, los fringílidos con talento, acabamos arrasando en cualquier ecosistema en que nos metáis. Yo ya había pasado por muchos hábitats distintos, y, podéis creerme, no había por ahí ningún sitio mejor en el que nidificar.

Ya era hora de que formase una familia, de que naciese mi prole, tipos despiertos como su padre, ansiosos por sacar partido de las enseñanzas del viejo Viskovitz. Así pues, siendo todavía invierno, antes de que fuesen las hormonas las que me indicaran que debía poner manos a la obra, y antes que nadie, me había puesto a construir el nido, disponiendo de todo el tiempo del mundo para proyec tarlo, encontrar los mejores materiales y arreglármelo a placer.

El nido es lo primero en que se fijan las pinzonas, chicos, de forma que, acabadas las obras, las pájaras casaderas del lugar, no muchas a decir verdad, empezaron a acercarse. En la madre de mis polluelos no buscaba tanto un plumaje vistoso como una constitución sana y robusta, toda vez que femenina, un oviducto bien desarrollado, un escrupulo so sentido de la responsabilidad y una moralidad inquebran table.

Por eso había elegido a Ljuba.

–¡Oh, Visko, es un sueño! –gorjeó en cuanto puso la patita en el mirador.

No daba crédito a sus ojos.

A la derecha, junto a la entrada, estaba el rincón para los huevos, completamente tapizado de plumón, con sus respi­raderos para regular la ventilación y la temperatura. En el rincón de la izquierda, la despensa, con los oportunos com­partimientos para el grano limpio y el que estaba todavía sin descortezar. El piso superior no era otra cosa que una lujosa alcoba con vistas al lago, impermeabilizada y tapizada de plumas, hierbas, hebras y flores. Toda la estructura en que se sustentaba la construcción se apoyaba sólidamente en ramas de haya trenzadas a la manera de los tejedores, estaba cementada con arcilla y saliva, como hacen las golondrinas, y los acabados eran de estiércol seco. Había mimetizado las paredes externas con una fragante hiedra, justo lo necesario para ocultarlas a la vista de los depredadores, pero no tanto como para impedir que mis vecinos reventaran de envidia. Y en el futuro, a su debido tiempo, construiría también un nido en plataforma sobre el lago, como hacen algunas fochas.

–Oh, Visko, ¿todo esto es tuyo?

–Nuestro, gorrioncita.

–¡Estoy tan emocionada!

Había que comprenderla, estaba en su primera ovu lación.

–Es el amor –le expliqué–, con el tiempo se pasa.

Y la invité a subir a la alcoba.

–Oh, Visko…

Al cabo de unos días esperábamos los primeros po lluelos.

A la espera del feliz acontecimiento, pasaba el rato admirando complacido mi territorio desde la terraza. Resul taba extraño, pensaba, que hubiera tan poca competencia por aquellos parajes: sólo otros tres paseriformes de aspecto bobalicón; con el tiempo podría ampliar mis posesiones tranquilamente, llegar hasta las plantaciones. Era realmente como para envidiar a mis futuros herederos: con un padre como yo, su vida sería una marcha triunfal.

Me puse a saltar de rama en rama, sin ningún motivo particular, porque me apetecía, porque eran mis ramas.

De repente oí un ruido sospechoso y descubrí a un plu mífero que se movía con cautela por mi territorio, entre lo que era mío.

–¡Alto ahí, pinzón! –canté.

–Perdona, Visko. Soy yo, Petrovic… Estoy herido.

Petrovic, mi vecino, se arrastraba por tierra con las plu mas ensangrentadas, como si hubiera recibido una perdigo­nada o algo así. ¿Quién lo había vapuleado de aquel modo?

–Ha sido el cuco, Viskovitz. Me ha dado una buena pa liza.

Confieso que sabía realmente poco de cucos. Yo creía que se limitaban a salir de los relojes y hacer «cucú». Petro vic me pintó un cuadro mucho más inquietante. Eran bestias cinco veces más grandes que nosotros y tenían un pequeño vicio.

–¿Parasitismo reproductivo? ¿Qué quieres decir? –Esos bastardos no tienen moral, son unos degenerados, Visko. No construyen nidos, se desahogan a sus anchas en las ramas, sin cortejo ni parada nupcial, luego dejan los hue vos en los nidos de los demás, se llevan uno de los tuyos y lo sustituyen por el suyo. Sus huevos son más o menos como los nuestros, es imposible distinguirlos. Encima hay ocasiones en que el pequeño bastardo echa a tus propios hijos del nido, hace una escabechina. A López le pasó.

–¡Santas bandadas!

–Y si eres tan zoquete como para no darte cuenta, sigues embuchándolo durante meses convencido de que es hijo tuyo. Es el caso de Zucotic. Lleva un año manteniéndolo, y va por ahí con un cuco cuatro veces más grande que él diciendo: «¡Mirad qué crecido está mi muchachote!». Nadie ha tenido valor para decirle la verdad…

–¡Buches benditos!

–Este año he pillado al cuco justo cuando me estaba cambiando los huevos, y le he cantado cuatro frescas.

Pero, evidentemente, había sido el cuco quien había tocado las percusiones.

Pensé inmediatamente en Ljuba. Podía poner sus huevos de un momento a otro. Debía ir al nido sin pérdida de tiem­po y montar guardia. Me despedí y levanté el vuelo.

–¡No pierdas nunca de vista la pollada, Visko! ¡Basta un instante! –gritó Petrovic tras de mí.

Encontré a Ljuba en el salón, repantingada sobre un cojín de flores. Me confirmó lo que había dicho Petrovic: todo el mundo sabía que existen los cucos, eran una de las tristes realidades de la vida.

–Pero nosotros no tenemos por qué preocuparnos, Visko, este nido es un bunker, y además tú no eres tan torpe como todos tus vecinos.

–Claro, claro, pero será mejor que vigilemos.

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