21
Sep
09

John Frusciante, las compañeras de clase y el vidrio irrompible (2/2)

De camino a casa de Claudia soplaba un ventarraco primaveral, bronco y caprichoso, como si andara (también él) con las hormonas revolucionadas.

Rober y yo subimos en el ascensor. Claudia y Adela han venido a abrirnos, vestidas y maquilladas de una manera espectacular. Claudia ha abrazado a Rober de pasada, se han besado, mirado muy de cerca. Adela me ha dado la mano sin apretarla siquiera, me ha preguntado “¿qué tal?”. Se movía ligeramente en embarazo en el gran comedor de suelo con parquet. Ha explicado que los padres de Claudia estaban fuera hasta la noche. Me ha parecido que aquella noticia velara algunas intenciones conmigo, y esto me ha hecho mirar a Rober en busca de alguna señal. Pero el muy maricón estaba agarrado a Carla, sin espacio entre los dos para ningún otro pensamiento.
Ni Adela ni yo sabíamos muy bien qué hacer, así que seguíamos mirando a nuestro alrededor en busca de algún tema al que agarrarnos. Ella cada pocos segundos miraba a mi bro y a su amiga. A un cierto punto les ha dicho:
-Cuidado, que os váis a desgastar, ¿eh?
Pero apenas debajo de la broma me parecía irritada por el hecho de no estar ella en el lugar de su amiga. Al final, hemos puesto música para tener algo de ruido.
 
Rober ha subido el volumen hasta que las ventanas y las porcelanas sobre el armario del comedor han empezado a temblar. Creo que era la primera vez que entrábamos ninguno de los dos en una casa de tantas pelas.
-¡Pero estás loco! –se ha quejado Claudia-. ¡Los vecinos…!
Rober la ha cogido por los hombros, la ha sacudido, le ha aflojado la cintura con las manos, la ha obligado a moverse, se han puesto a bailar, la ha hecho reir.
 
La atmósfera tensa se ha roto y nos hemos puesto los cuatro a bailar entre los muebles de casa bien. Los cuatro nos hemos mantenido a la vista unos de otros, nos hemos reído todos juntos, hemos hecho tonterías al alimón. Después ha llegado una canción lenta y hemos bailado sobre la ola de esas notas bajas.
 
Claudia y Adela dejaban en el aire pequeñas volutas de perfume afrutado, se mezclaban con cada movimiento en combinaciones cada vez más cercanas. Por la ventana entraba cada vez menos luz. Cada vez estaba más cerca de Adela, absorto en su temperatura y en su solidez, el ser real y no imaginario, cuyo corazón podía incluso notar. No había tenido ninguna fantasía que no fuera vulgar y esquemática comparada con aquella riqueza de sensaciones.
 
Entonces, de tanto acercarnos, giramos la cabeza y nos besamos. Si los budistas tienen razón y todo está condenado a repetirse, y estamos sentenciados a repetir nuestras vidas hasta el infinito, con todos sus errores, sus miserias y sus horas de hospital, al menos yo podré regresar a aquel beso.
 
Al margen de mi campo visual, Rober se ha llevado a Claudia sobre un sofá, pero ha sido sólo una imagen que pasaba, apenas percibida. Apretaba a Adela sin cuidado, sin mantener un pie en tierra firme para poder decir luego que estaba bromeando. Le pasaba una mano por la espalda, desde la nuca hasta cada vez un poco más abajo hacia su culo. Sentía la consistencia de su estómago contra el mío, la he llevado a otro sofá beige a otro lado del comedor. Ella tenía la cabeza sobre mi hombro izquierdo, eso me dejaba libre la derecha. Ella se ha acostado mientras yo daba la espalda al mundo, aunque con todavía los pies en el suelo. Después, he subido con una mano hacia su pecho, y ella ha dejado de respirar un instante, me ha cogido la muñeca pero sin detenerme del todo.
 
Le he desabrochado un botón de la camisa, he metido la mano bajo el faldón de la camisa, he colado la mano bajo el elástico del sostén, pasado los dedos entre algodón y la piel. La he sentido tragar saliva, pero para entonces hacía ya tiempo que no abríamos los ojos del todo. La he besado en la base del cuello y aprovechado para desabrochar la camisa, apartando el sujetador para abrir paso a los labios. Ella se ha quejado (“no…”), pero lo ha murmurado muy bajo, anulando la negativa con el enarcarse de su cuello y su cuerpo hacia atrás y meterme las manos entre el pelo y resoplarme en una oreja. He descendido con las manos a su rodilla. Estaba tan confuso que ya no distinguía mis gestos de las intenciones, y entonces va y suena un timbre.
 
Ha sonado tres o cuatro veces: plin-plon plin-plon plin-plon insistente a través de la música de los Red Hot. Adela me ha empujado y se ha echado atrás en el sofá. He intentado acercarme de nuevo, pero ella me ha empujado de nuevo. Era oscuro para verle la cara. Claudia de un lado a otro del comedor ha tropezado con una silla, ha ido a las palpas hasta el interruptor, ha encendido la luz.
 
De golpe nos hemos encontrado totalmente expuestos en el gran comedor: sin ningún apoyo, indefensos como truchas en un río secado de repente. adela se ha ajustado rápidamente la falda y se ha abotonado la camisa sin mirarme. El timbre seguía implacablemente hasta que Claudia, recomponiéndose el pelo como ha podido, ha salido a abrir. Ha cerrado la puerta del comedor tras de sí y luego la hemos oído hablar humildemente con algún adulto afuera.
 
El resto fingíamos no oir nada y nuestras miradas vagaban por entre los muebles Ha vuelto luego, pálida:
-Los vecinos, que bajemos la música.
Apagamos el equipo, que por aquel entonces admitía cd y cassette y era la polla en verso de la innovación, y John Frusciante interrumpió a mitad su solo de guitarra. Pero para entonces ya se había disuelto todo el encanto de la situación. Ellas estaban avergonzadas, nosotros frustrados. O viceversa.
 
-Yo tengo que irme –dijo Adela.
-¿Segura? –pregunté, pero sin convicción. Estaba claro que se iba. Y que nosotros también.
 
Nos hemos despedido de Claudia y hemos bajado los tres. El ambiente despreocupado de antes se había vuelto pesado, como si entre todos hubiera un crimen mal cometido. Adela ha cogido un taxi.
-Adiós –sin detenerse a mirarnos.
 
Luego, de vuelta a casa, nos han echado la bronca por llegar tarde y sin haber avisado. Los móviles todavía no existían.
Mientras cenábamos y recibíamos el chaparrón en silencio, Rober me ha guiñado un ojo. No hemos vuelto a quedar con las chicas de clase. Pero, eh, teniendo en cuenta del punto de partida, no nos había salido del todo mal. Además, estábamos todavía a principios del curso.

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