18
Sep
09

“John Frusciante, las compañeras de clase y el vidrio irrompible” 1/2

aulaEl caso es que el Rober suspendió 2º de BUP aunque esto no sorprendió a nadie, por eso de que siempre ha tenido un aire a Manolito, el de Mafalda (por cierto, cuando sea mayor, pienso casarme con Mafalda… o arrejuntarme, lo que ella quiera).

Y así me veo el primer día de clase, con un hermano que me sacaba un palmo de alto y dos de ancho, juntos en la última fila del aula. Al final, los profesores nos llamaban por el apellido, para abreviar, porque, total, ¡si al final nos iban a llamar la atención a los dos!

Fue por aquellos tiempos cuando elaboramos aquella baraja de cartas donde las espadas eran sustituídas por jeringuillas (nos curramos el As de Jeringas con su gota cayendo), los Oros eran tarjetas de crédito, las Copas eran cubatas y los Bastos… bueno, mejor no explico lo que eran los Bastos… (Sobre con decir que el As de Pollas también nos lo curramos bastante).
En fin. Aunque luego yo siguiera estudiando, por aquel entonces los dos estábamos hechos unos animalicos: torpes, brutotes, delicados como un tractor y con más calle que las ruedas de un autobús.
Y, a pesar de todo, esto no quitaba que tuviéramos nuestro corazoncito. Se llamaban Adela y Claudia.

No hay amor más puro que el del colegio, por mucho que la cabra tire al monte. Claudia era una rubia inalcanzable, pija quiero-y-no-puedo, con una cintura espléndida. Adela era una morena con hoyuelos en las mejillas y también (bendita moda de primavera todavía aplicable en octubre) sobre las nalgas. Esos hoyuelos eran como señales donde colocar los pulgares. Ejem.

En otra época les habríamos tirado de los pelos e insultado hasta que nos hicieran caso, pero eso ya lo dejamos atrás con los primeros pelos de la barba, y por eso mirábamos perplejos las noticias en la tele de que hombres hechos y derechos hicieran lo propio con ex mujeres o chicas de las que habían sido pretendientes.

También el Rober se quedó un par de días mirándolas atontado desde la última fila, como si tampoco él fuera a hacer nada durante el resto del año, cuando de pronto dijo, un día después del recreo:
-Yo voy.
Y lo veo atravesar el aula hacia la primera fila, recto hacia Claudia Delgado, y decirle algo. Ella ha parecido algo desconcertada, pero ha sonreído, sacudido sus tirabuzones rubios y han hablado un par de minutos hasta que ha llegado el siguiente profesor y la conversación ha terminado en alto, sin tiempo a caerse por su propia falta de temas comunes.
De vuelta a la mesa, Rober no ha comentado nada de lo que acababa de pasar (tampoco habíamos hablado nunca del tema, era algo que se sabía), pero entendía que estaba excitado ante la idea de haber establecido un contacto, y su interés se estaba cargando de anticipaciones.

No ha dejado que se enfriara la cosa: al día siguiente ha vuelto a por ella, le ha hablado, la ha hecho sonreir de nuevo. Conseguía estar del todo natural, no es escondía detrás de ninguna postura de las que luego aprendió para estar más seguro. Iba a hablar con Claudia como si lo empujara más la curiosidad que unas intenciones, para mí, claramente predatorias.
Claudia Delgado poco a poco le ha dejado manchar el esmalte de impecabilidad que la protegía: ha empezado a girar la cabeza hacia nuestras mesas durante la clase, sonreir de manera menos controlada cuando él le hablaba. Nuestros compañeros chicos estaban desconcertados ante la idea de que, ante sus ojos, un recién llegado estuviera demostrando que la Delgado no era, al parecer, tan inalcanzable.

Una mañana antes de clase he llegado pronto y todavía no había llegado nadie, o casi: visto al Rober y Claudia sentados en una ventana: él le ha rozado la barbilla con los dedos, ella reía.

Por un tiempo hemos seguido sin hablar de cosas más complicadas que el fútbol, la pedrada que le debíamos a un tal de nuestro barrio y comparar quién había bebido y fumado más en la boda de una prima nuestra de Paiporta. Aunque ni siquiera su reserva de ladrón hubiera podido ocultarse mucho tiempo.

He empezado a seguir su ejemplo y darme trabajo con Adela Reyes. Ya me habría gustado usar la táctica natural y ligera del Rober, pero no me salía. Era como el secundario cómico de las películas de acción, que se cae al suelo intentando repetir la acrobacia que el héroe acaba de ejecutar sin despeinarse. Me acercaba a ella entre clase y clase y ya de camino me sentía ridículo y como si todos me miraran. Le dirigía la palabra y no me salía nada coherente, y me veía a través de sus ojos como algo poco apreciable.

El Rober me ha observado un par de días con esa manera oblicua que tiene de no darse cuenta de las cosas. Después, una mañana, mientras la de Castellano leía sin la más mínima modulación emotiva una tira de la Celestina, me ha dicho:
-Ya sé cómo te sientes. Es como estar detrás de un vidrio, no puedes tocar nada de lo que ves. Nos hemos pasado toda la vida encerrados fuera, hasta que he entendido que lo único que se puede hacer es romperlo. Y si tienes miedo de quedar mal delante de la clase, imagínate que estás ya viejo y casi muerto, como los jubilados del bar, y lleno de “si yo hubiera…”

La verdad es que nunca antes y pocas veces después demostró el Rober tantas ideas juntas, ni abrió la boca tanto tiempo sin meterse dentro algo para picar, qué sé yo, una pata de pollo, un puñado de conguitos.

Ha sido raro porque, hasta entonces y a pesar de hablar de todo, en lo que respecta a las chicas nos habíamos comportado como dos viajeros que comparten un mismo tren y paisaje: mirábamos pero sin meternos uno en lo que veía el otro. Es como si de repente admitiéramos vernos mutuamente, en aquel vagón de aulas prefabricadas.

Y he conseguido romper el vidrio de Adela Reyes: le he plagiado vilmente un poema a Benedetti, convencido de que, conociendo la situación, él sabría perdonarme. Ella ha esperado que yo volviera a mi mesa y ha desplegado el papelito plegado en cuatro. Se ha girado a mirarme y he visto el color en sus mejillas. Creo que ha sido entonces cuando he empezado a pensar que, contra lo que se opinaba en casa, la cultura no estaba del todo mal.
El poema lo había sacado de prestar atención al Bacterio, ex guitarrista de Bruno Lomas, allá cuando los dinosaurios dominaban la Tierra. El Bacterio desayunaba cubatas de ginebra, era una vieja gloria dedicada a contar batallitas, pero todavía sabía hacer magia. Pero del bar de mis padres ya hablaremos otro día.

Al día siguiente, he hablado con Adela en el pasillo mientras salíamos. Una vez fuera, la he acompañado durante tres calles, tres, y a la semana ya la acompañaba hasta casa. Después, un viernes por la mañana, el Rober ha estado hablando bajito con Claudia Delgado y, cuando ha vuelto a mi mesa, me ha dicho:

-Esta tarde, en casa de Claudia, contigo y con Adela.

En seguida le he mandado una notita a la morena de los hoyuelos para proponerle el plan. Ha hecho falta mandarle otros dos (con pillada por parte de la de Matemáticas, que me ha reñido a mí y la ha ignorado a ella) y muchas miradas insistentes, hasta que Claudia y ella se han mirado y Claudia le ha hecho que sí con la cabeza, para convencerla.

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