04
Jul
18

De “El azul entre el cielo y el agua”, de Susan Abulhawa

Abdel Qader se despidió del mar un día, sin ceremonia. El Mediterráneo estaba como una balsa y el cielo parecía infinito. Él y los otros pescadores inhalaron la vastedad al llegar al límite de tres millas náuticas impuesto por Israel. Era lo máximo que les estaba permitido adentrarse en el mar antes de que las fragatas dispararan contra ellos, de modo que echaron las redes y se dispusieron a aguardar. Eran cuatro hombres en el barco de Abdel Qader, y Murad, su primo, sacó una baraja de cartas, desgastada y andrajosa después de un millar de partidas de Tarnib expuestas al húmedo y salado aire marino.

Los pescadores bromeaban en el mundo de los hombres de mar, un cigarrillo colgando de la comisura de los labios, los rostros ajados y sin afeitar expuestos al sol, una hermandad conformada flotando en una silenciosa inmensidad, esperando a que esta les proporcionase su sustento. Permanecieron así durante horas antes de recoger las redes con su captura de pequeños peces. Sabían que la pesca no sería cuantiosa encontrándose tan cerca de la orilla, pero dieron las gracias a Alá por lo que tenían, mientras una pila de criaturas marinas se retorcía y relucía al sol. Echaron las redes una vez más y, en esa ocasión, recogieron un milagro. Excelentes piezas de lubina, mero, dorada, pargo, salmonete, mújol, sardina, atún. Los pescadores apenas daban crédito. ¿De dónde habían salido todos aquellos peces? Plegarias atendidas, los caminos misteriosos de la misericordia de Alá. Y los gritos de emoción de los pescadores de otros barcos cercanos y alejados llenaron el aire sobre las aguas.

La euforia en el mar enmudeció de pronto cuando las fragatas israelíes empezaron a aproximarse a toda velocidad hacia los pequeños barcos de pesca diseminados por la costa de Gaza. La mayoría de los barcos recogieron las redes a toda prisa y pusieron raudos rumbo a tierra cargados con su buena fortuna. Abdel Qader y sus compañeros eran los que más próximos estaban a la fragata y no pudieron huir de la embarcación israelí que se dirigía hacia ellos.

—Comprobad que no hemos traspasado el límite de tres millas —exclamó uno de los pescadores mientras se afanaban por doblar las redes.

—Estamos dentro del límite. Mantened la calma. No hemos hecho nada malo —dijo Abdel Qader, y de pronto el océano se convirtió en una pequeña habitación con un barquito de pesca, una fragata y ninguna puerta ni ventana. Abdel Qader gritó por encima del agua—: No hemos traspasado el límite de tres millas.

Armada.jpg

Los soldados se echaron a reír y abrieron un boquete en el casco de un disparo. Los pescadores corrieron a tapar el agujero.

—Decís que queréis ser libres, pero oprimís a los peces —dijo uno de los soldados riendo—. Quizá deberíamos echaros una red encima para mostraros cómo se sienten los peces.
Ordenaron a los pescadores que arrojaran la captura al mar, y todos se quedaron mirando mientras aquellas criaturas marinas se alejaban nadando. Entonces los soldados ordenaron a los hombres que se desnudasen y abandonasen el barco, obligándoles a contar hasta cien una vez en el agua. Cuando terminaron, los soldados les ordenaron que empezaran a contar de nuevo. Las nimiedades de la crueldad aliviaban la apatía de patrullar el mar; era una forma de divertirse, pero enseguida se aburrieron, si bien continuaron esperando y haciendo apuestas mientras los pescadores contaban en el agua.

Abdel Qader y su primo Murad estaban flanqueados por dos de sus compañeros, Abu Michel, un cristiano, y Abu al Banat, un hombre padre de seis hijas y ningún hijo. La gente le llamaba «padre de las niñas». Él fue el primero en sucumbir al agotamiento y, mientras se hundía, algunos soldados gritaron jubilosos mientras otros les pagaban el dinero apostado. Abdel Qader y Abu Michel intentaron evitarlo, pero apenas lograban mantenerse ellos a flote. Abdel Qader suplicó a los soldados: «Tened piedad. Tenemos hijos y familia».

Murad cerró los ojos en silencio y se fundió como la desesperación en el mar, luego uno de los soldados apuntó su arma y disparó a Abu Michel en el hombro. Abdel Qader recitó el shehadeh, preparándose para el final. Pero los soldados habían terminado. Se alejaron a toda velocidad, mientras su estela golpeaba contra los restos del barco. Abdel Qader relajó el cuerpo y dejó que este se deslizase por el agua, aguantando la respiración, resistiéndose a la compulsión de respirar agua y anegar sus pulmones, hasta que una mano tiró de él. Ascendió por el agua y rasgó la superficie con un grito ahogado. Abu Michel flotaba junto a él, al borde del desvanecimiento.

—No me abandones a la muerte, Abu Jaled —le dijo.

 

Varias familias de Jan Yunis estaban asando comida al fuego, celebrando un picnic en la playa, cuando algunos de los niños salieron jadeando del agua, señalando a algo en la lejanía. Los adultos se pusieron de pie y escudriñaron el agua para discernir las figuras que se acercaban. Había al menos un hombre, en apuros. Vieron sus manos que se agitaban, luego oyeron sus gritos de auxilio. Dos jóvenes de la familia ya se habían lanzado al rescate y se alejaban nadando por el agua. Algo más cerca, divisaron a otro hombre, herido, que se aferraba a unos maderos, probablemente restos de un barco. Otros se echaron al mar con abayas para cubrir a los hombres desnudos antes de que salieran arrastrándose del agua. El hombre herido había recibido un disparo en el hombro y había perdido sangre y estaba inconsciente. Se lo llevaron rápidamente al hospital. Una vez allí, interrogaron a los hombres.

—¿Cómo te llamas, hermano? —preguntó alguien.

—Abdel Qader, Abu Jaled —dijo el hombre, y añadió solamente—: Somos pescadores. Vinieron los judíos. Había otros dos, que han regresado al mar de Dios. Ahora debo ir a contárselo a sus familias. Volveré a por mi amigo con su familia.

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17
Mar
18

“Home”, de Warsan Shire

no one leaves home unless
home is the mouth of a shark
you only run for the border
when you see the whole city running as well

your neighbors running faster than you
breath bloody in their throats
the boy you went to school with
who kissed you dizzy behind the old tin factory
is holding a gun bigger than his body
you only leave home
when home won’t let you stay.

no one leaves home unless home chases you
fire under feet
hot blood in your belly
it’s not something you ever thought of doing
until the blade burnt threats into
your neck
and even then you carried the anthem under
your breath
only tearing up your passport in an airport toilets
sobbing as each mouthful of paper
made it clear that you wouldn’t be going back.

you have to understand,
that no one puts their children in a boat
unless the water is safer than the land
no one burns their palms
under trains
beneath carriages
no one spends days and nights in the stomach of a truck
feeding on newspaper unless the miles travelled
means something more than journey.
no one crawls under fences
no one wants to be beaten
pitied

immigrant

no one chooses refugee camps
or strip searches where your
body is left aching
or prison,
because prison is safer
than a city of fire
and one prison guard
in the night
is better than a truckload
of men who look like your father
no one could take it
no one could stomach it
no one skin would be tough enough

the
go home blacks
refugees
dirty immigrants
asylum seekers
sucking our country dry
niggers with their hands out
they smell strange
savage
messed up their country and now they want
to mess ours up
how do the words
the dirty looks
roll off your backs
maybe because the blow is softer
than a limb torn off

or the words are more tender
than fourteen men between
your legs
or the insults are easier
to swallow
than rubble
than bone
than your child body
in pieces.
i want to go home,
but home is the mouth of a shark
home is the barrel of the gun
and no one would leave home
unless home chased you to the shore
unless home told you
to quicken your legs
leave your clothes behind
crawl through the desert
wade through the oceans
drown
save
be hunger
beg
forget pride
your survival is more important

no one leaves home until home is a sweaty voice in your ear
saying-
leave,
run away from me now
i dont know what i’ve become
but i know that anywhere
is safer than here

05
Nov
17

De “Guerra”, de Sebastian Junger

Meses más tarde, O’Byrne me contó aquella historia terrible al completo. Yo ya sabía que había crecido en una ciudad pequeña y le pregunté si alguna vez había cazado siendo niño. Dijo que una vez mató a una salamandra y se sintió tan culpable que nunca más volvió a matar nada.

«Pero siempre he tenido armas de fuego mi padre siempre tenía armas de fuego. Me educó —es extraño del copón, pero ya llegaremos a eso—, me educó para respetar las armas y no apuntarlas nunca contra nadie. Pero los dos la cagamos bien cagada, en eso. Yo era un mal chico en el instituto, era un puto punk, no sabía ser buen chico. Mi padre bebía y bebía y bebía. Así que una noche, para el cumpleaños de un colega, se vino una chica y nos bebimos como cuatro litros de vodka. El vodka no me sienta bien, me pone violento del copón. Me bebí como dos litros. Estaba ciego, estaba hecho caldo. Llego a casa y lo primero que veo es a mi padre. Cruzo la puerta y me grita de mala hostia. Se mueve. Me muevo. Empezamos a pelearnos. La pelea dura un montón, quiero decir que estuvimos luchando mucho tiempo. Todos mis amigos intentaban retenerme. Alguien me golpeó con un tablón a ver si me calmaban».

Al final la pelea se detuvo y O’Byrne se marchó a su habitación. Al cabo de un rato oyó que su padre chillaba otra vez, así que bajó las escaleras y empezó a andar adelante y atrás frente a la puerta del dormitorio del padre, gritándole. De repente, la cadera de O’Byrne cedió y lo siguiente que supo fue que estaba en el vestíbulo y su pierna no funcionaba. No había oído ningún disparo ni sentido ningún dolor y creía que, del modo que fuera, se había dislocado la cadera. Entonces su padre salió del dormitorio y le apuntó a la cabeza con un rifle. Era el arma favorita de O’Byrne, un Ruger semiautomático con culata plegable, y O’Byrne preguntó: Así que ¿piensas dispararme mientras estoy en el suelo?’, a lo que su padre respondió: ‘Ya lo he hecho’.

 

Korengal-Sebastian-Junger-Filming-During-a-Firefight

 

O’Byrne continuó con el relato: «Estaba demasiado borracho como para darme cuenta de qué estaba pasando, así que vuelvo arriba, me pongo a jugar a los videojuegos y me tengo que estirar porque estoy perdiendo sangre. Ahora estoy llorando porque he comprendido qué pasa y que la he jodido, que llevo dos balas dentro. Esto no está bien. No es una buena cosa».

Finalmente llegó una ambulancia que llevó a O’Byrne a un hospital de Scranton. Tenía una bala en la cadera y otra en la región dorsal inferior, a apenas dos centímetros de la columna. Cuando los médicos terminaron de operarle, un policía acudió a tomarle declaración. O’Byrne sopesó la situación: fueran cuales fuesen los problemas de su padre, siempre había conservado un trabajo y mantenido a la familia y, si iba a la cárcel, no habría nadie que pudiera ocuparse de ella. Eso complicaría todavía más una situación que de por sí ya era terrible. «Ha sido culpa mía —le dijo O’Byrne al policía—. Lo hizo en defensa propia».

«Mi padre no habría superado lo de vivir en la cárcel. No es una persona violenta. La situación era violenta, pero él no lo es. Así que estuve tres días en el hospital y luego me encerraron; sin rehabilitación, nada. Me acusaron de asalto simple. Ahí yo era un gatito, tío, vamos, que no intenté pegarme con nadie. Era lo mejor —pero también lo peor— que me había pasado nunca. Mi padre y yo habíamos llegado a ser unos auténticos cabrones el uno con el otro. Es una historia dura, pero también una buena historia. ¿Cómo me atreví a pegar a mi padre, aunque él me hubiera pegado a mí? Si ahora me soltara un puñetazo en la nariz, iría y le diría algo como: “Eh, muy bien, me voy abajo y te dejo tiempo para calmarte”

No pienso pegarle otra vez a ese hombre. Aquello fue culpa mía, ¿sabes? No le tuve respeto. Es el relato de un triunfo. Una historia de pasar por una mierda bien dura pero salir de ahí muy bien. Ahora sé que las balas no me pueden detener. Las putas balas están bien».

30
Jul
17

De “Tenemos que hablar de Kevin”, de Lionel Shriver

la-culpa-warhol

La culpa confiere un poder formidable. Y tiene el valor de la simplificación, no sólo para los espectadores y las víctimas, sino también, y sobre todo, para los propios culpables. Restablece el orden trastornado. La culpa da lecciones claras con las que los otros pueden consolarse: ¡si no lo hubiera hecho…!, e, implícitamente, hace de la tragedia algo que pudo ser evitado. Incluso es posible encontrar una frágil paz en la asunción de la responsabilidad plena, que es la calma que en ocasiones advierto en Kevin. Es un aspecto que quienes lo tienen a su cargo interpretan falsamente como falta de remordimiento.

15
May
16

“4 Polis”, de Charles Bukowski

 

Perros vigilan los muros
mientras el submarino se va rápidamente
a pique.

Estoy en una cafetería
con 32 caras de cartón
la mayoría inexpresivas.
4 polis de aspecto impecable
están sentados a una mesa
mirándome,
supongo que yo
no tengo tan buena pinta
a sus ojos,
¿por qué no
enviamos a esos muchachos a morir
en alguna guerra?
Sus madres no habrían
llorado más
de diez minutos.

Policeman-coffee

24
Abr
16

“Men at forty”, de Donald Justice

Men at forty
learn to close softly
the doors to rooms they will not be
coming back to.

At rest on a stair landing,
they feel it
moving beneath them now like the deck of a ship,
though the swell is gentle.

And deep in mirrors
they rediscover
the face of the boy as he practices trying
his father’s tie there in secret

And the face of that father,
still warm with the mystery of lather.
They are more fathers than sons themselves now.
Something is filling them, something

that is like the twilight sound
of the crickets, immense,
filling the woods at the foot of the slope
behind their mortgaged houses.

closed door

25
Mar
16

“Adelante y atrás” o “Avanti e indietro”

La cima estaba vacía, con su nieve eterna y las nubes a sus pies. El tiempo era sereno y el viento era el mínimo que podría esperarse en aquella altitud. El piolet rompió la imagen solitaria y un sherpa asomó abriendo el camino y asegurando las cuerdas. Volvió a descender y reapareció transportando materiales varios que fijó al suelo antes de marcharse de nuevo. Asomó entonces, veinte minutos más tarde, el grupo de intrépidos empresarios, heroicos, exultantes. Se felicitaron mutuamente, meditaron unos minutos con la mirada perdida en el infinito, se hicieron la foto de rigor, mientras el sherpa, aburrido, preparaba por tercera vez las cuerdas para un inmediato descenso.

Group portrait of expedition to climb Everest in 1924

La cima era vuota, con la sua neve eterna e le nuvole ai suoi piedi. Il tempo era sereno e il vento era il minimo che si potrebbe aspettare a quella quota. Il piolet dirompe nell’imagine solitaria e un sherpa si affacciò aprendo la strada e assicurando le corde. Tornò a scendere per riapparire trasportando materiali varii che fissó al suolo prima di andar via ancora. Arrivò allora, venti minuti dopo, il gruppo di intrepidi imprenditori, eroici, esultanti. Si congratularono tra di loro, meditarono alcuni minuti con lo sguardo perso nell’infinito, si fecero la foto di rigore, mentre il sherpa, annoiato, preparava per terza volta le corde per una immediata discesa.




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